Las historias de personas son distintas. Distintas a mí, a lo que conocía... distintas a lo que había imaginado.
Bruno Mirrado es un niño grande. Eso ya lo había oído alguna vez, pero quizás en él se hace carne de una forma que tiene algo de extraordinario.
El día que Bruno dejó la escuela, tenía 22 años alcanzados tras repetir sucesivas veces. Saltó desde el aula del segundo piso. Imagino que perdió los nervios y quiso acabar con la situación de la forma más rápida posible. "Puerta, pasillo, escaleras, puerta, pasillo, puerta... " y optó saltar por la ventana. Sus compañeros de clase corrieron a pegar sus narices contra el sucio cristal esperando ver el cuerpo magullado de Bruno sobre el cemento desconchado del patio, pero le descubrieron alejándose a velocidad considerable sobre sus piernas intactas.
Bruno Mirrado tenía una pistola con la que disparaba a perros y a gatos sin ningún motivo aparente. La gente tenía miedo de que una persona llevara un arma, pero sentían pavor de que fuera una persona como Bruno. Y los agentes de policía, priorizando su parte emocional sobre la profesional, también estaban aterrorizados. Quizás alguien denunciara, pero no existía coraje suficiente dentro del cuerpo para reducir a un hombre capaz de dar la vuelta a un Discover 4x4 a la salida de una bar. Así que fue su hermano, hombre con grandes empresas, cantidad de dinero y por supuesto influencias, quien pidió a los cuerpos de seguridad que le dieran un escarmiento. A la salida de una discoteca crearon un círculo de personas uniformadas y armadas para lograr reducirlo y llevarlo a la comisaría. Pese a las inmensas dificultades, consiguieron esposarlo y amarrarlo a un árbol, del que logró soltarse rompiendo el metal una primera vez.Ya vuelto a reducir, le bajaron los pantalones y ordenaron a un agente que le diera cincuenta latigazos. Éste se negó por miedo, al igual que el siguiente y el siguiente, y así ocurrió con todos los agentes que estaban presentes. Tuvo que agarrar la herramienta el agente Cabeza Caliente, quien jurando por la cobardía de sus colegas y crecido por el coraje de tomar la iniciativa, atizó cincuenta veces sobre el trasero de Bruno Mirrado. Cuando terminó el escarmiento, Bruno salió calmado y por sus propios pies. Desde entonces respeta al agente Cabeza Caliente y nunca le niega el saludo.
Bruno no trabajó nunca. La primera vez que lo conocí me llamaron la atención su voz extenuantemente ronca y su inmenso pendiente de aro, dentro del cual no era difícil imaginar un lorito de colores.
Lindinha bebe sin remedio ni control, y con mucha frecuencia.
Intentó suicidarse de varias formas, pero ni tan siquiera tuvo éxito en esto. Tomaba unas pastillas para dormir, que con el alcohol se transformaban en bombas de demencia e inconsciencia. Le hacían pasear desnuda a través de las noches, durante las calles.
Se juntó con un hombre del que parecía estar enamorada, y durante unos días la estabilidad pareció tocar a su puerta. Una noche de alcohol empedernido fue suficiente para llegar al día siguiente con un ojo hinchado y la cara amoratada. Continuó la misma serenata el día después... y todos los que siguieron. Durante más de un mes se repitieron escenas tristes de borracheras y palizas, y al final todo volvió a ser igual que al principio. Cada uno por su lado, borrachos y quién sabe qué más, protagonizando de vez en cuando una escena triste. "Loirinha:" me dice "nadie me da trabajo porque esta ciudad es muy pequeña y todos me conocen".
Hilos enredados, imperdibles mal cerrados, telas sueltas recogidas hace tiempo... y que guardo sin saberlo. De todo hay en mi cabecita de costura.
El sueño de la razón no sólo produce monstruos
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martes, 23 de julio de 2013
martes, 12 de febrero de 2013
"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 11
· Medicina tradicional·
En el Centro Católico hay una herboristería. Hace ya un tiempo que va y viene la idea de encontrar el momento para acercarme y, por qué no, hacer una consulta.
Hoy me levanté temprano. Llevo un par de noches con una respiración complicada, que se ha puesto de acuerdo con el calor para ser sofocante y no dejarme dormir. Entro por una puerta metálica que hoy por fin encuentro abierta. Un hombre, una televisón, un ventilador en el techo... varias mesas de distintas proporciones, decoradas con esos paños tan brillantes y tan horteras. Al otro lado del mostrador mieles, siropes, frascos y cubos con hierbas. La Virgen María preside el lugar, que parece abandonado a su fe.
| Herboristería Resurrección |
| Cubos con hierbas tras el mostrador |
Una mujer añeja tose sentada en un banco. Hija y nieta la acompañan. Hija recibe instrucciones complejas de cucharadas de mieles, ajos picados, tiempos y veces. Espero pacientemente mi turno que demora no mucho más de 20 minutos. Hablo un poquito, pregunto. Aprendió sus artes en Nicaragua. Me voy a hacer un chequeo general. Pasamos tras una cortina que oculta a intervalos, mecidos por el viento, el hueco de una puerta. Hace algunas preguntas. Me pide dejar los objetos metálicos en una mesita; pero nunca llevé alarajas...
Su mano derecha agarra, aprieta y relaja la mano de un hombre que antes miraba la televisión. En la izquierda sostiene una varilla metálica. La pasa por mi cabeza, mi espalda, mi estómago,... y en cada lugar aprieta bruscamente la mano del hombre que antes veía la televisión. Cuello, brazos, rodillas... Después abre un cuaderno de fotocopias ilegibles, como esas que te mostraban iglesias góticas o plantas de mezquitas en el cole. Son pequeñas imágenes cuadradas, en las que se intuye la fotografía al microscopio de una enfermedad, que quizás hace decenas de fotocopias mostraron. Con mi dedo en cada borrón y su varilla apoyada sobre una parte de mi cuerpo, repite el gesto decidido y aprieta su mano derecha. -"No tienes nada malo. Tus pulmones algo sucios. Por lo demás estás perfecta."
| Virgen María tras el mostrador |
Me receta un sirope y un zumo de aloe vera para limpiarme por dentro. Puedo tomar unos tés para dejar de fumar. Me da algunas indicaciones. Dejo algún dinero a deber. Me voy. Volveré.
sábado, 29 de septiembre de 2012
"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 9
· Surrealismo en Benguela o Cómo un país despierta de una guerra en el S.XXI·
La loca historia del fontanero que sólo tenía que cambiar un grifo y destrozó el baño.
Con exageración, risas y mucho cariño a Flavio "o canalizador".
Servirá esta historia para ilustrar una reflexión:
Ronronea por mi cabeza... Un país que sufre 27 años de guerra civil, tras otra guerra de casi 15 años para lograr su independencia del colonizador... Angola... debió de quedar descabezado al lograr su independencia, porque perdió a la mayoría de los patrones de sus fábricas, dueños de haciendas, jefes de empresas... especialistas, técnicos... La gran desgracia de la descolonización: el haber sumido a un país en la ignorancia del dominio, del no dejar a sus gentes crecer, confundirse y aprender. La gran desgracia de la descolonización en África.
Después, en el 75 con la independencia, el país entró en un proceso de guerra entre hermanos que destruyó sus manos y sus pies y le dejó el cuerpo entumecido.Y mi pensamiento vuelve a virar... Tampoco fue sólo entre hermanos, corrijo: cada facción era apoyada por un bloque de la Guerra Fría. Sin embargo, no fueron las guerras prolongadas las que acabaron con las fábricas y los medios de producción. No sólo. El tiempo y la ignorancia jugaron su papel certero. Cuando los angoleños quedaron solos, las máquinas se estropeaban y el desconocimiento sobre cómo arreglarlas hacía que cayeran en el olvido. Eso gente aquí hay que ya me lo ha contado. Y si alguien sabía cómo arreglarla, la falta de piezas o la desactualización de los modelos la abocaban al mismo destino. Así cayeron una tras otra las inmensas fábricas de azúcar que en tiempos abastecían a más de medio mundo.
Flavio el fontanero, o canalizador, fué lanzado a un país en paz en el S.XXI. Imagino que era un país con el pasado destrozado, sin herencia de educación, oficios o conocimientos técnicos tras tantos años dedicados a la guerra. El presente va pasando despacito para algunas cosas, pero el mundo va muy rápido alrededor. Y en Angola hay mucho dinero. Algunas casas usan generadores, que dan luz; el agua llega cada vez a más puntos. Hay grifos, coches, motos, tuberías, contadores... aparatos de radio, lámparas, proyectores, neveras, lavadoras... Flavio cayó en el oficio de fontanero, pero parecía que podía haber caído en cualquier otro.
| Fastudo, electricista |
En principio, Flavio tiene que colocar una ducha. De momento, sólo funciona el grifo de-probar-el-agua-con-los-pies. Mi perspectiva es ducharme de cuerpo entero, así que encontramos un fontanero que nos recomienda Fastudo, un buen electricista amigo ya.
A partir de ahí, los acotencimientos desembocan en una serie de situaciones absurdas, demoras y explicaciones originales y rocambolescas. Cada tarde abro la puerta de mi casa y camino hasta el baño para encontrarme a Flavio frente a otro nuevo reto: arrancar dos grifos a martillazos, utilizar trozos del palo de mi escoba para bloquear las salidas de agua, colocar un grifo de pulsador a una altura exagerada, ... mortero en el vidé, silicona en el resto del baño... Verlo me hace pensar que no aprendió de nadie, ni en ningún lugar. Llevo poco tiempo aquí y todavía no sé de qué forma se trabaja. Pero poco a poco comprendo que lo que está bien hecho y lo que está mal hecho es internacional. Al menos en tema de fontanería.
| Fin de obra |
Ya cogemos confianza y algo de criterio para decirle cómo hacer algunas cosas. Nos enfadamos y nos reímos. Sabe que algo mejor lo puede hacer. No tiene ningún método, ya digo que no parece haber aprendido de nadie. Resuelve cada situación como si fuera la primera vez, con una nueva idea.
Y observo día a día personas que han caído en oficios. Unos saben cómo hacer, otros quieren aprender. Otros son tan tangenciales a lo que hacen que parece que al día siguiente les va a tocar otro oficio que desempeñar.
martes, 28 de agosto de 2012
"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 7
·Alberto Daniel Sico y sus botellas·
Hace dos semanas un hombre está apoyado sobre la pared del Centro. Contra la pintura amarillenta una figura negra de pelo blanco. Otro contraste en el país de los contrastes. Camina unos pasos con sus piernas abiertas, pasitos cortos. Es Cota Alberto Daniel Sico, artesano. Cota porque tiene ya una edad que merece ese respeto. Artesano porque sus manos hablan de los años sujetando unas varillas de metal, deslizando Jesucristos sin bracitos en el interior de una botella. Y después un arbolito. Y una escalera. Y el resto de la cruz con los bracitos de Jesús. Todo encolado. Y no rompe la botella ni nada.
Su casa está al otro lado de Damba María, junto a la explanada de la carretera. Por el camino más corto cruzamos entre las casas de barro con mamás por todos lados sentadas, haciendo su colada, y con niños que juegan y gritan mulata, y algunas veces chinese.
Dentro, en una de las cuatro esquinas de la casa, una mesita con sus herramientas: varillas de metal, pegamento, pinturas en botellas de plástico cortadas... todo salpicado de gotitas de colores y tiempo. Está agachado y nos alcanza alguna de sus botellas, y vemos su pequeña creación. Y no rompe las botellas ni nada. Mañana viene al Centro y nos muestra.
Mañana ya es hoy. Llegamos siempre diez minutos tarde pero él parece que pasó la noche haciendo contraste sobre la misma pared del Centro. Trae con él sus herramientas. Ahora ya estamos sentados sobre el cemento y apoya un molde con la forma de Jesús rebañada de aceite de cocina. Mezcla el yeso pacientemente en un botecito y después cubre el molde, que rebosa sin complejos por los cuatro costados. Esto queda aquí secándose.
Nos hemos movido al interior de una sala y sobre la mesa apoya la garrafa de cristal. Aprendió de un hombre sueco. Su padre trabajaba construyendo las vías del tren. No quedan ya más que hagan ahora de esas botellas que él vende en la ciudad, en algunos lugares. A veces va a la ciudad a buscar garrafas de cristal de los contenedores de los bares. Ahora vive solo ya... murió su mujer. Sus hijos no quieren aprender. Se ríe.Asisto emocionada a los tres días de creación de un pequeño mundo casi infantil, si no fuera porque hay un señor crucificado y algo de sangre. O quizás por eso.
Es hoy ya el tercer día. Coloca la escalera que apoya tras la cruz pinchando una vez más la maderita que introduce confiado en la botella. Corta un corchito a ras que cristaliza la escena ya por siempre. Y se ríe una vez más como diciendo: -"¡No corto la botella!"
Hace dos semanas un hombre está apoyado sobre la pared del Centro. Contra la pintura amarillenta una figura negra de pelo blanco. Otro contraste en el país de los contrastes. Camina unos pasos con sus piernas abiertas, pasitos cortos. Es Cota Alberto Daniel Sico, artesano. Cota porque tiene ya una edad que merece ese respeto. Artesano porque sus manos hablan de los años sujetando unas varillas de metal, deslizando Jesucristos sin bracitos en el interior de una botella. Y después un arbolito. Y una escalera. Y el resto de la cruz con los bracitos de Jesús. Todo encolado. Y no rompe la botella ni nada.
| Cota Alberto en la puerta de su casa. Damba María |
Su casa está al otro lado de Damba María, junto a la explanada de la carretera. Por el camino más corto cruzamos entre las casas de barro con mamás por todos lados sentadas, haciendo su colada, y con niños que juegan y gritan mulata, y algunas veces chinese.
| Taller en casa de Cota Alberto. Damba María |
Dentro, en una de las cuatro esquinas de la casa, una mesita con sus herramientas: varillas de metal, pegamento, pinturas en botellas de plástico cortadas... todo salpicado de gotitas de colores y tiempo. Está agachado y nos alcanza alguna de sus botellas, y vemos su pequeña creación. Y no rompe las botellas ni nada. Mañana viene al Centro y nos muestra.
Mañana ya es hoy. Llegamos siempre diez minutos tarde pero él parece que pasó la noche haciendo contraste sobre la misma pared del Centro. Trae con él sus herramientas. Ahora ya estamos sentados sobre el cemento y apoya un molde con la forma de Jesús rebañada de aceite de cocina. Mezcla el yeso pacientemente en un botecito y después cubre el molde, que rebosa sin complejos por los cuatro costados. Esto queda aquí secándose.
Nos hemos movido al interior de una sala y sobre la mesa apoya la garrafa de cristal. Aprendió de un hombre sueco. Su padre trabajaba construyendo las vías del tren. No quedan ya más que hagan ahora de esas botellas que él vende en la ciudad, en algunos lugares. A veces va a la ciudad a buscar garrafas de cristal de los contenedores de los bares. Ahora vive solo ya... murió su mujer. Sus hijos no quieren aprender. Se ríe.Asisto emocionada a los tres días de creación de un pequeño mundo casi infantil, si no fuera porque hay un señor crucificado y algo de sangre. O quizás por eso.
Es hoy ya el tercer día. Coloca la escalera que apoya tras la cruz pinchando una vez más la maderita que introduce confiado en la botella. Corta un corchito a ras que cristaliza la escena ya por siempre. Y se ríe una vez más como diciendo: -"¡No corto la botella!"
domingo, 5 de agosto de 2012
"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 5
"Cada vez me gusta más Benguela. En un principio, las motos y obras a medio hacer llamaban tanto mi atención que sentía algo hostil. Ahora me acostumbro a estas rutinas y comienzo a ver más profundo. Ya me pasó en otro lugares: los primeros días los rincones aún no tienen significado y una mirada global hace sentir el lugar desconocido y carente de significado.
Ahora veo árboles por todas partes, lojas (tiendas), mujeres vendiendo cualquier cosa que quizás pueda comer, envueltas en sus paños tan bonitos de colores. Empiezo a conocer lugares mágicos, patios en las casas tan bellas en los que con cuatro mesas y un pequeño puesto de chapa montan un bar. Ahora estoy sentada en uno de esos lugares..."
| Pequeña cantina en el patio de una casa. Benguela |
En ese momento tres mujeres de uniforme que están sentadas junto a mí me invitan a compartir la cerveza con ellas. Me siento en su mesa. Me preguntan mil cosas, hablamos. Una conversación muy agradable. Me explican sobre su trabajo. Nos reímos mucho con tonterías. En un momento de la conversación me preguntan si tengo enamorado (novio) y si no me importaría encontrar uno aquí. Respondo que nunca se sabe. Nos reímos. Y entonces me preguntan si no me importaría que fuera angolano, que fuera negro. Las miro extrañada y digo que no. Abren mucho los ojos y vuelven a inquerir: -"Entonces, ¿no eres racista?".
Me llora un poquito el alma. Bebemos otra Cuca, a la que me invitan. Hablamos de otras cosas. Y me vuelvo a casa avergonzada de mi color de piel...
Qué distinción tan errada es la del color de la piel... ¿Cómo hemos podido caer en algo tan arbitrario, tan prepotente, tan injusto? No somos conscientes de la cantidad de prejuicios que asociamos a algo tan externo, como en otra época fue el ser pelirrojo, albino o mujer... Me remueve las entrañas, me damos asco. Me hace sentir una confusión extraña, una incomprensión profunda. No encuentro escusa. Ni la educación recibida... ¡Basta ya de no repensar lo aprendido!
Lo diferente nos aterra. Hemos forjado durante siglos el miedo a lo desconocido, que excusamos con la prudencia, que explicamos a nuestro entendimiento como "algo justificado y necesario". Pero ¿qué es lo desconocido sino lo que nos falta por aprender? Así que, por culpa de ese miedo y desprovistos de curiosidad de los pies a la cabeza,nos erguimos orgullosos en nuestra ignorancia, capitaneando un barco de papel y ciegos al mundo inmenso.
Y otro mal endémico que nos pudre: la inercia. La inercia de la costumbre, del "qué dirán", de la educación, del miedo... la inercia de no replantearnos aquello que nos enseñaron y creemos como cierto.
sábado, 28 de julio de 2012
"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 4
Algunas rutinas cambian casi sin que me dé cuenta. Pienso con firmeza que el ser humano es relativo e inmensamente adaptable, y que podemos trazar nuestra nueva línea de equilibrio a un nivel incluso que antes pudimos considerar insoportable, como ocurre ante la enfermedad o la guerra...
Adaptarse a Benguela no es comparable con esos extremos en absoluto, pero supone trazar esta línea en otro lugar también. Y es un paso que se da con naturalidad, sin echar en falta el modo de vida que allá llevaba; pero puedo pararme a pensar en ello y descubrirme ante mis nuevas rutinas con alguna risa que otra:
- En los vuelos regionales las maletas quedan junto al avión. Cuando pasas junto al montón de bultos, tienes que señalar el tuyo, porque si no, no lo suben.
- No tenemos agua caliente. Aquí es invierno y por la noche estamos a unos 18º. La ducha mañanera es un petardo a cualquier recuerdo del calorcito de la cama.
- Tiramos el papel higiénico en una papelera que hay siempre junto a la taza. La red de saneamiento y yo aún no hemos tenido el placer de conocernos. No sé si existirá alguna tubería por debajo de la tierra... Bueno, exagero porque llega agua corriente a las casas. En la ciudad, claro. Y no, la papelera no huele mal y tampoco está llena de moscas. Se limpia todos los días. (Esta es una duda que me transmitió mi madre con espanto cuando le comuniqué las costumbres asociadas a tener un pozo negro.)
Los patios interiores de las preciosas y decadentes casas coloniales están bombardeados por las antiguas y las actuales tapas de registro.
- La gasolina tiene plomo, claro. Como en cualquier lugar fuera de Europa. Y cuando ruge una moto a tu lado te llega un aroma metálico que da mucha cosica. En relación a los vehículos y su conducción también es importante saber que puedes adelantar indistintamente por la derecha y por la izquierda, haya carril o no. Creo que para que te den el carnet de moto sólo hay que pedirlo.
- Los gatos aquí dan miedo porque son cosa de brujería. Y la verdad es que la gata de Ana está como las maracas de Machín, aunque es tremendamente cariñosa. Hace acrobacias imposibles persiguiendo su propio rabo. Y sabe abrir las cuatro patas mucho y a la vez, suspendida en la contraventana con la cabeza peligrosamente hacia atrás.
- Hay niños sin parar. Niños que brincan, trepan por los árboles, niños que te señalan y te dicen "mamá". Niños muy listos y educados que te llevan a casa del soba (coordinador y lider espiritual del barrio) cuando te pierdes entre las casas de barro y bloque.
- Las personas en la administración, funcionarios y políticos, te atienden y escuchan. Aunque esto no debe ser muy normal, por ahora sólo puedo recoger buenas impresiones de la gente de organismos públicos.
- Todas las mujeres trabajan. Como el acceso a bienes es muy complicado por las malas condiciones en que han estado las vías de comunicación, pueden recorren kilómetros para abastecerse de fruta y verdura que luego venden por las calles. O comprar pan y dar la vuelta a la esquina para venderlo un poquitico más caro. Cualquier cosa que les permita sacar unas kuanzas (moneda de Angola).
- Las personas sonríen y saludan. Son amables y educadas.
- Lo he visto un par de veces con mis propios ojos y me confirman que es lo normal, al menos en Benguela: las fotos de boda se hacen en la hierbecica de las rotondas, ahí con todos los coches y motos dando vueltas.
- La moto se limpia en marcha. Lo que viene a ser la llanta. Mientras conduces miras hacia atrás contorneando la cintura y acercas un trapo a la rueda. Como da vueltas muy rápido, la llanta se limpia muy rápido también. Tú que vas en el coche de detrás te cagas de miedo, porque si fueras tú quien lleva ese trapo ya estarías estampado contra un árbol, un pèatón o otro motorista limpiando su moto. Aún no he logrado fotografiar esta escena, pero para los incrédulos prometo colgar una foto pronto.
- Los funerales duran una semana. Ayer fui al 5º día de uno. Llegó toda la familia, en torno a unas 60 personas, y montaron un fiestón estupendo. Cocinamos todas juntas con grandes pucheros; había música, bebidas... la gente se queda a dormir hasta el domingo, para acompañar a las personas cercanas. Se trata de una fiesta de agradecimiento a todos aquellos que han estado a tu lado apoyándote en los momentos duros. Me emocionó.
Adaptarse a Benguela no es comparable con esos extremos en absoluto, pero supone trazar esta línea en otro lugar también. Y es un paso que se da con naturalidad, sin echar en falta el modo de vida que allá llevaba; pero puedo pararme a pensar en ello y descubrirme ante mis nuevas rutinas con alguna risa que otra:
- En los vuelos regionales las maletas quedan junto al avión. Cuando pasas junto al montón de bultos, tienes que señalar el tuyo, porque si no, no lo suben.
- No tenemos agua caliente. Aquí es invierno y por la noche estamos a unos 18º. La ducha mañanera es un petardo a cualquier recuerdo del calorcito de la cama.
- Tiramos el papel higiénico en una papelera que hay siempre junto a la taza. La red de saneamiento y yo aún no hemos tenido el placer de conocernos. No sé si existirá alguna tubería por debajo de la tierra... Bueno, exagero porque llega agua corriente a las casas. En la ciudad, claro. Y no, la papelera no huele mal y tampoco está llena de moscas. Se limpia todos los días. (Esta es una duda que me transmitió mi madre con espanto cuando le comuniqué las costumbres asociadas a tener un pozo negro.)
Los patios interiores de las preciosas y decadentes casas coloniales están bombardeados por las antiguas y las actuales tapas de registro.
- La gasolina tiene plomo, claro. Como en cualquier lugar fuera de Europa. Y cuando ruge una moto a tu lado te llega un aroma metálico que da mucha cosica. En relación a los vehículos y su conducción también es importante saber que puedes adelantar indistintamente por la derecha y por la izquierda, haya carril o no. Creo que para que te den el carnet de moto sólo hay que pedirlo.
- Los gatos aquí dan miedo porque son cosa de brujería. Y la verdad es que la gata de Ana está como las maracas de Machín, aunque es tremendamente cariñosa. Hace acrobacias imposibles persiguiendo su propio rabo. Y sabe abrir las cuatro patas mucho y a la vez, suspendida en la contraventana con la cabeza peligrosamente hacia atrás.
- Hay niños sin parar. Niños que brincan, trepan por los árboles, niños que te señalan y te dicen "mamá". Niños muy listos y educados que te llevan a casa del soba (coordinador y lider espiritual del barrio) cuando te pierdes entre las casas de barro y bloque.
- Las personas en la administración, funcionarios y políticos, te atienden y escuchan. Aunque esto no debe ser muy normal, por ahora sólo puedo recoger buenas impresiones de la gente de organismos públicos.
- Todas las mujeres trabajan. Como el acceso a bienes es muy complicado por las malas condiciones en que han estado las vías de comunicación, pueden recorren kilómetros para abastecerse de fruta y verdura que luego venden por las calles. O comprar pan y dar la vuelta a la esquina para venderlo un poquitico más caro. Cualquier cosa que les permita sacar unas kuanzas (moneda de Angola).
- Las personas sonríen y saludan. Son amables y educadas.
- Lo he visto un par de veces con mis propios ojos y me confirman que es lo normal, al menos en Benguela: las fotos de boda se hacen en la hierbecica de las rotondas, ahí con todos los coches y motos dando vueltas.
- La moto se limpia en marcha. Lo que viene a ser la llanta. Mientras conduces miras hacia atrás contorneando la cintura y acercas un trapo a la rueda. Como da vueltas muy rápido, la llanta se limpia muy rápido también. Tú que vas en el coche de detrás te cagas de miedo, porque si fueras tú quien lleva ese trapo ya estarías estampado contra un árbol, un pèatón o otro motorista limpiando su moto. Aún no he logrado fotografiar esta escena, pero para los incrédulos prometo colgar una foto pronto.
- Los funerales duran una semana. Ayer fui al 5º día de uno. Llegó toda la familia, en torno a unas 60 personas, y montaron un fiestón estupendo. Cocinamos todas juntas con grandes pucheros; había música, bebidas... la gente se queda a dormir hasta el domingo, para acompañar a las personas cercanas. Se trata de una fiesta de agradecimiento a todos aquellos que han estado a tu lado apoyándote en los momentos duros. Me emocionó.
sábado, 21 de julio de 2012
"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 3
·Damba María y nuestro trabajo·
Estoy en casa de Ana, con mis dedos índice y pulgar ampollados de una quemadura mañanera. Esto no tiene nada que ver con nuevas vivencias en Angola: tanto aquí como en España, coger un cazo de metal con leche hirviendo con los dedicos desnudos, tiene las mismas consecuencias. Eso sí, para curarlo (os vais a reír mucho, sobre todo la doctora Letamendi) aparte de meterlo en agua fría durante 30 minutos, me estoy agarrando el lóbulo de la oreja. Parece que alguien en Brasil dijo que así no salían ampollas (no os preocupéis que si no funciona me daré crema.)
Trabajamos en Damba María, que es un barrio pesquero a unos 9 kilómetros al norte de Benguela. La entrada desde la carretera te obliga a un giro imposible cruzando las vías del tren (uno de las pocas líneas que están en funcionamiento en Angola) para después saltar a un suelo de arena desconchada que tamiza todo el barrio.
El centro comunitario está a un lado del barrio. Allí tenemos la sede de la fundación, nuestra base de operaciones. He recorrido el barrio un par de veces y sólo quiero aprender a decir en portugués "¡no soy un marciano!". Aunque es verdad que yo también voy mirando todo como si paseara por Raticulín. Casas de adobe, alguna barbería, alguna tiendita informal con chucherías y jabón... se puede adivinar que existe algún artesano, pero muy pocos. Pasa a veces el heladero con una moto al ritmo de una música que le identifica por cualquier parte. Por ahora no descubro más sonidos que éste, el de los niños jugando y riendo, y, ya en Benguela, los coches. Y motos, muchas motos. Otro día hablaré de la música que se escucha aquí normalmente. Todavía me tiene perpleja y confío en encontrar otro estilo que me reconcilie con el folclore angolano. Por ahora casi puedo afirmar con certeza que están todos sordos.
Hace dos días visité al director de una escuela al norte del barrio, un rastafari majetón que me preguntaba muchas cosas. Me gustó mucho la curiosidad que albergaba. Terminamos hablando de música: él canta reggae. Quedamos en que me enseñaría el lugar donde ensayan.
Tenemos abiertas varias líneas de trabajo. Una de ellas es la de higiene y saneamiento, nuestra acción3, y estamos diseñando una serie de actividades para sensibilizar sobre la relación entre basura y enfermedades, realizar identificación de lugares de acumulación de porquería, realizar campañas de limpieza posterior y terminar con algún tipo de reciclaje.
Comemos algunos días junto al Centro Comunitario, en un pequeño puestecito que veréis en la foto. Dona Margarida nos prepara unos días rabas de calamar duras como una piedra, otros días un guisado muy rico con patatica y pimiento, otros días carne de vaca, que es más cara. Es un sitio barato, bonito y musicado por el ritmo estruendoso de un generador. Éste es otro sonido al que me voy acostumbrando, porque la luz se esfuma muchas veces, y es normal contar en casa con un aparatejo de estos para poder ver las cucarachas. Bueno, para mí este es el objetivo prioritario. Por ahora sólo me he encontrado cara a antenas con una y... oye, he visto pájaros del mismo tamaño. Lo de pisarlas no es una opción.
Estoy en casa de Ana, con mis dedos índice y pulgar ampollados de una quemadura mañanera. Esto no tiene nada que ver con nuevas vivencias en Angola: tanto aquí como en España, coger un cazo de metal con leche hirviendo con los dedicos desnudos, tiene las mismas consecuencias. Eso sí, para curarlo (os vais a reír mucho, sobre todo la doctora Letamendi) aparte de meterlo en agua fría durante 30 minutos, me estoy agarrando el lóbulo de la oreja. Parece que alguien en Brasil dijo que así no salían ampollas (no os preocupéis que si no funciona me daré crema.)
Trabajamos en Damba María, que es un barrio pesquero a unos 9 kilómetros al norte de Benguela. La entrada desde la carretera te obliga a un giro imposible cruzando las vías del tren (uno de las pocas líneas que están en funcionamiento en Angola) para después saltar a un suelo de arena desconchada que tamiza todo el barrio.
El centro comunitario está a un lado del barrio. Allí tenemos la sede de la fundación, nuestra base de operaciones. He recorrido el barrio un par de veces y sólo quiero aprender a decir en portugués "¡no soy un marciano!". Aunque es verdad que yo también voy mirando todo como si paseara por Raticulín. Casas de adobe, alguna barbería, alguna tiendita informal con chucherías y jabón... se puede adivinar que existe algún artesano, pero muy pocos. Pasa a veces el heladero con una moto al ritmo de una música que le identifica por cualquier parte. Por ahora no descubro más sonidos que éste, el de los niños jugando y riendo, y, ya en Benguela, los coches. Y motos, muchas motos. Otro día hablaré de la música que se escucha aquí normalmente. Todavía me tiene perpleja y confío en encontrar otro estilo que me reconcilie con el folclore angolano. Por ahora casi puedo afirmar con certeza que están todos sordos.
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| Mujeres salando pescado junto a la playa de Damba María |
Tenemos abiertas varias líneas de trabajo. Una de ellas es la de higiene y saneamiento, nuestra acción3, y estamos diseñando una serie de actividades para sensibilizar sobre la relación entre basura y enfermedades, realizar identificación de lugares de acumulación de porquería, realizar campañas de limpieza posterior y terminar con algún tipo de reciclaje.
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| Basura junto a la Damba./ Pescado salándose a l sol |
| Ana y Cris a en el puestico junto al Centro Comunitario. Damba María |
martes, 17 de julio de 2012
"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 2
· La curiosidad·
Mis ojos se alimentan de imágenes nunca vistas. Por ahora el desconocimiento del idioma y de tantas otras cosas me relegan a ser un par de retinas con orejas que sonríen sin parar.
Es domingo en la mañana y camino por la playa hacia el norte. Enseguida acaban las construcciones de ladrillo revocado para dar paso a otras de barro, que perfilan la playa y vomitan personitas entretenidas con sus quehaceres. Paseo por la orilla y niños, jóvenes y mujeres no pueden evitar mirarme. No se ve más blanco que yo contra la arena. Sonrío y saludo mucho. Recibo sonrisas y más saludos.
Paso barcas coloreadas bajo la mugre, un hombre dormido con un traje viejo, tres niños que se persiguen envueltos en camisetas gigantes. Llego hasta un grupo de mujeres que, tras una embarcación volcada, lavan sus ropas en baldes espumosos. Algunas también lavan sus cuerpos con grandes tetonas colgantes o lavan a los pequeños o se frotan la piel con una piedra. Pienso que, como no tengo lavadora en casa, podría venir aquí algún día. Miramos la escena extraña. Ellos a mí y yo a ellos. Me acerco y me siento entre dos lavanderas. Pregunto si molesto y parece que no. Explico que es mi segundo día en Benguela, que no conozco mucha gente y que prefiero mirar el mar en compañía. Nos reímos y nos entendemos a duras penas en 4 ó 5 conversaciones que tratamos de llevar. Pasa un rato largo. Estoy muy cómoda y me hago un cigarro. Aquí es muy raro ver una mujer fumar; creo que se asocia a algo negativo, socialmente feo. Pero yo soy extranjera y estoy eximida de algunos prejuicios con los que envuelven a los angoleños (a costa de seguramente estar embadurnada de los prejuicios contra los blancos que bien nos los hemos ganado...). Enciendo mi cigarro. Me rodean de súbito niños y mujeres. Me levanto , les digo que fumar es malo, jejeje, que ya lo sé... bromeamos. Les explico cómo lío uno y les vuelvo a decir que es malo. Una mujer arrugada me pide un calada. Fuma, fumo. Me vuelve a pedir y hago un cucurucho con una hoja de mi libreta y le meto filtros, tabaco y papel.
Miro hacia el interior del barrio. Las chabolas conforman un territorio desconocido e infranqueble, como cuando eres incapaz de imaginar los laterales de los sueños. Quiero entrar. Una mujer me acompaña por las calles hasta un mercado. No estoy lejos de casa.
En el mercado los mismos productos que he visto todos estos días. Me extraña profundamente la poca variedad de alimentos que tienen aquí: huevos, maíz, pez secado, plátanos... no mucho más. Y una pasta omnipresente que se llama Funge o pirao, hecha con harina de mandioca o maíz. Y que no sabe a nada. Todavía.
Mis ojos se alimentan de imágenes nunca vistas. Por ahora el desconocimiento del idioma y de tantas otras cosas me relegan a ser un par de retinas con orejas que sonríen sin parar.
Es domingo en la mañana y camino por la playa hacia el norte. Enseguida acaban las construcciones de ladrillo revocado para dar paso a otras de barro, que perfilan la playa y vomitan personitas entretenidas con sus quehaceres. Paseo por la orilla y niños, jóvenes y mujeres no pueden evitar mirarme. No se ve más blanco que yo contra la arena. Sonrío y saludo mucho. Recibo sonrisas y más saludos.
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| Niños junto a la playa. Benguela |
Paso barcas coloreadas bajo la mugre, un hombre dormido con un traje viejo, tres niños que se persiguen envueltos en camisetas gigantes. Llego hasta un grupo de mujeres que, tras una embarcación volcada, lavan sus ropas en baldes espumosos. Algunas también lavan sus cuerpos con grandes tetonas colgantes o lavan a los pequeños o se frotan la piel con una piedra. Pienso que, como no tengo lavadora en casa, podría venir aquí algún día. Miramos la escena extraña. Ellos a mí y yo a ellos. Me acerco y me siento entre dos lavanderas. Pregunto si molesto y parece que no. Explico que es mi segundo día en Benguela, que no conozco mucha gente y que prefiero mirar el mar en compañía. Nos reímos y nos entendemos a duras penas en 4 ó 5 conversaciones que tratamos de llevar. Pasa un rato largo. Estoy muy cómoda y me hago un cigarro. Aquí es muy raro ver una mujer fumar; creo que se asocia a algo negativo, socialmente feo. Pero yo soy extranjera y estoy eximida de algunos prejuicios con los que envuelven a los angoleños (a costa de seguramente estar embadurnada de los prejuicios contra los blancos que bien nos los hemos ganado...). Enciendo mi cigarro. Me rodean de súbito niños y mujeres. Me levanto , les digo que fumar es malo, jejeje, que ya lo sé... bromeamos. Les explico cómo lío uno y les vuelvo a decir que es malo. Una mujer arrugada me pide un calada. Fuma, fumo. Me vuelve a pedir y hago un cucurucho con una hoja de mi libreta y le meto filtros, tabaco y papel.
Miro hacia el interior del barrio. Las chabolas conforman un territorio desconocido e infranqueble, como cuando eres incapaz de imaginar los laterales de los sueños. Quiero entrar. Una mujer me acompaña por las calles hasta un mercado. No estoy lejos de casa.
| Mercado. Barrio de Benguela |
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| Posando en el barrio. Benguela |
domingo, 15 de julio de 2012
"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 1
·Primeras impresiones·
Puedo comenzar a narrar este lugar describiendo mi llegada, recordando cada momento, hablando de las diferencias con lo que conozco hasta ayer... pero tendría que realizar un esfuerzo innecesario, algo artificial, creo.
Ahora suena Joan Manuel Serrat con "Aquellas pequenhas cosas" y no puede ser mejor banda sonora. Empezaré con esas pequenhas cosas que me han sorprendido.
Vi pájaros desmembrados a lo largo de toda la playa: un ala, una cabeza, un cuerpo... caminaba descalza con cuidado mientras se ponía el sol (anarajado, precioso, gigante) tras unas formaciones terrosas de grietas verticales (ahora suena Tom Waits).
El piso en el que voy a vivir cuesta 700$ al mes, y por lo que me dicen, aquí es barato; el pan de molde 6$; el tabaco 1$. Echar gasolina es un acto social y la gente dedica un buen rato a hacer fila hasta que llega su turno. Entonces llenan varias garrafas y charlan. El resto esperamos.
La gente de la cooperación y los trabajadores portugueses han recreado su pequenho mundo europeo, y van de un bar a otro bebiendo canhas. Quizás me sorprenda más adelante, pero creo que en una cerveza he logrado trazar un esbozo mental de lo que es su vida aquí. Y pienso que no va a ser la mía.
La gente no pide dinero por la calle, nadie te aborda. No siento ni tan siquiera que me observen.
Benguela tiene calles anchas y casitas coloniales bajas que parecen cuadros viejos. Los edificios más icónicos han salido de alguna ciudad de Los Ángeles de los anhos 60. No hay enhes en el teclado, pero acabo de pensar que puedo poner un acento "~"a una n... ahí va: ñ.
Las calles no están especialmente sucias, o al menos no es esto lo que ha llamado mi atención, que sí lo ha hecho la cantidad de material de obra que hay repartido por todos lados. Los árboles tienen troncos muy muy altos.
El fontanero que ha venido a casa para lograr que saliera agua por la ducha, que funcionara el wáter y que tragara el baño, me ha preguntado si estaba casada y con hijos. Y si estaba enamorada. Cuánto tiempo perdemos en España... No se creía que pudiera levantar una pared con mis propias manos. Aunque no lo he hecho nunca, no tengo dudas de que sabré hacerlo, así que para no sacarle de su asombro no lo he desmentido.
Aquí es invierno y refresca algo de noche, pero ahora estoy en una linda casa que parece cubana, con todas sus ventanas abiertas y no tengo frío. Anoche dormí ya aquí, con una mosquitera sobre la cama, y no agobia ni nada. Tenía mis dudas al respecto.
Hay mucha gente. Las mujeres llevan baldas sobre sus cabezas con plátanos o ropas. Hoy vi a una que portaba su bolso de imitación sobre la cabeza, y me dio risa. Luego pensé que era una muy buena idea para caminar con las manos libres y que no me importaría aprender a hacerlo.
Creo que mañana iré a desayunar a un lugar junto a casa de Ana al que va gente negra. Ana es una portuguesa que me acoge hasta que mi casa esté a punto.
Puedo comenzar a narrar este lugar describiendo mi llegada, recordando cada momento, hablando de las diferencias con lo que conozco hasta ayer... pero tendría que realizar un esfuerzo innecesario, algo artificial, creo.
Ahora suena Joan Manuel Serrat con "Aquellas pequenhas cosas" y no puede ser mejor banda sonora. Empezaré con esas pequenhas cosas que me han sorprendido.
Vi pájaros desmembrados a lo largo de toda la playa: un ala, una cabeza, un cuerpo... caminaba descalza con cuidado mientras se ponía el sol (anarajado, precioso, gigante) tras unas formaciones terrosas de grietas verticales (ahora suena Tom Waits).
| Playa San Antonio (Angola) |
El piso en el que voy a vivir cuesta 700$ al mes, y por lo que me dicen, aquí es barato; el pan de molde 6$; el tabaco 1$. Echar gasolina es un acto social y la gente dedica un buen rato a hacer fila hasta que llega su turno. Entonces llenan varias garrafas y charlan. El resto esperamos.
La gente de la cooperación y los trabajadores portugueses han recreado su pequenho mundo europeo, y van de un bar a otro bebiendo canhas. Quizás me sorprenda más adelante, pero creo que en una cerveza he logrado trazar un esbozo mental de lo que es su vida aquí. Y pienso que no va a ser la mía.
La gente no pide dinero por la calle, nadie te aborda. No siento ni tan siquiera que me observen.
Benguela tiene calles anchas y casitas coloniales bajas que parecen cuadros viejos. Los edificios más icónicos han salido de alguna ciudad de Los Ángeles de los anhos 60. No hay enhes en el teclado, pero acabo de pensar que puedo poner un acento "~"a una n... ahí va: ñ.
Las calles no están especialmente sucias, o al menos no es esto lo que ha llamado mi atención, que sí lo ha hecho la cantidad de material de obra que hay repartido por todos lados. Los árboles tienen troncos muy muy altos.
| Benguela (Angola) |
El fontanero que ha venido a casa para lograr que saliera agua por la ducha, que funcionara el wáter y que tragara el baño, me ha preguntado si estaba casada y con hijos. Y si estaba enamorada. Cuánto tiempo perdemos en España... No se creía que pudiera levantar una pared con mis propias manos. Aunque no lo he hecho nunca, no tengo dudas de que sabré hacerlo, así que para no sacarle de su asombro no lo he desmentido.
Aquí es invierno y refresca algo de noche, pero ahora estoy en una linda casa que parece cubana, con todas sus ventanas abiertas y no tengo frío. Anoche dormí ya aquí, con una mosquitera sobre la cama, y no agobia ni nada. Tenía mis dudas al respecto.
Hay mucha gente. Las mujeres llevan baldas sobre sus cabezas con plátanos o ropas. Hoy vi a una que portaba su bolso de imitación sobre la cabeza, y me dio risa. Luego pensé que era una muy buena idea para caminar con las manos libres y que no me importaría aprender a hacerlo.
Creo que mañana iré a desayunar a un lugar junto a casa de Ana al que va gente negra. Ana es una portuguesa que me acoge hasta que mi casa esté a punto.
| Benguela |
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