·Futuro·
La búsqueda de qué. Me ahogo en la búsqueda. Me relajo cuando olvido un mañana a tu lado. ¿Acaso no es el hoy el único que existe? Por supuesto que un mañana es tan esto y lo otro. Y qué importante, señora. No sé lleve un tomate podrido, quizás demasiado maduro. Pógame un plato bien lleno, rebosante de compromisos: mañanas con patatas fritas, estofados o pasados por el grill. ¡Aquí vendemos futuro, oiga! ¡Futuros llenos de amor con chorreras! ¡Futuuurooos!
Pero no pretenda vivir el presente. Ah, no, señora. Disculpe. O me vive sólo pensando en el mañana, o no estamos haciendo nada. Vamos, que es tirar el dinero.
¡Y con cada futuro un kit de cuerdas! Fundamental, señora. Eso ya lo sabe usted pero quien vive en el mañana tiene mucho miedo de perder cualquier cosa. Porque claro, todo es para mañana.
La palabra disfrutar desaparece del diccionario. Y no sólo. Se adaptará rápido si usa esta nueva edición (que incluímos con el kit de cuerdas). Están eliminadas las palabras innecesarias y repetidas varias veces aquéllas que usted más utilizará. Por ejemplo: ahorro y sacrificio están en la "a". Porque son muy importantes, señora. Y el quédirán pasa a ser un sustantivo así, todo junto. Miedo, desconfianza... todas repetidas dos veces. Será la última vez que oiga palabras como instinto, corazonada o aprovechar... Verá como se adapta rápido, señora. ¿No pasó ya con el euro?
Hilos enredados, imperdibles mal cerrados, telas sueltas recogidas hace tiempo... y que guardo sin saberlo. De todo hay en mi cabecita de costura.
El sueño de la razón no sólo produce monstruos
Mostrando entradas con la etiqueta capítulo 4. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capítulo 4. Mostrar todas las entradas
sábado, 25 de mayo de 2013
domingo, 28 de abril de 2013
"El despertar" capítulo 4. Atemporalidad 2
· Que no te falte tiempo para contemplar las cosas bellas.·
Esa luna está empapando el agua de destellos plateados. Estoy recorriendo con delicadeza cada uno de ellos. Me dejo arrastrar por su luz desde el ruido indiscreto de este malecón, contaminado de cervezas y besos perdidos en las madrugadas. Llego a la soledad asfixiante, mortecina y pálida, un poco más allá del infinito. Me quedo rodeada de mar bajo ese candil verde que parpadea sobre mi cabeza. Miro el malecón iluminado desde mi abismo, desde un agujero en un pozo profundo, profundo. Pero al final siempre sé que estoy en este malecón demente de ojos ansiosos por desvirgar la noche en cualquier esquina. Allí, desde aquella paz infinita, un grupo de hombres salados viajan con sus ojos por el perfil de hombres y mujeres que miran culos de botellas y restriegan sus cuerpos sudorosos contra otras sombras.
Aún me doy cuenta de algunas cosas, aunque el tiempo o las rutinas entumecen los instintos. Aún me doy cuenta de algunas cosas... aunque ya me fui acomodando, y cada lugar tiene su lucha, y me cuesta luchar por los mundos de otros... Me puedo ver sumida en la incoherencia multiforme de todo, relajada para no quedarme pendurada de la demencia de nada ser como debiera. Siempre dentro de mi mundo, claro.
Poquitas cosas esta noche... sólo una luna grande y redonda que ilumina rotundamente, dejando en una sombra opaca lo que oculta. Y más cosas, unas poquitas como decía. Un recuerdo de mi madre que se posa en mi pensamiento como olor de flor, efímero e intenso. El deseo de escribir. Ese cabello largo, más largo que nunca, que cae sobre los hombros. El gato "Valiente" que se asusta como un conejo con los ruidos de pisadas. "No saldremos esta noche" La tranquilidad de una casa que ya hace días que es un hogar. Una sonrisa siempre como respuesta.
Y la vida que cambia tus planes. Y aveces ya no es una lucha, si no una adaptación. Con todo, felicidad por estar sobre el camino. Sobre el camino mío, sobre el camino nuestro...
Esa luna está empapando el agua de destellos plateados. Estoy recorriendo con delicadeza cada uno de ellos. Me dejo arrastrar por su luz desde el ruido indiscreto de este malecón, contaminado de cervezas y besos perdidos en las madrugadas. Llego a la soledad asfixiante, mortecina y pálida, un poco más allá del infinito. Me quedo rodeada de mar bajo ese candil verde que parpadea sobre mi cabeza. Miro el malecón iluminado desde mi abismo, desde un agujero en un pozo profundo, profundo. Pero al final siempre sé que estoy en este malecón demente de ojos ansiosos por desvirgar la noche en cualquier esquina. Allí, desde aquella paz infinita, un grupo de hombres salados viajan con sus ojos por el perfil de hombres y mujeres que miran culos de botellas y restriegan sus cuerpos sudorosos contra otras sombras.
| En casa de Ana |
Aún me doy cuenta de algunas cosas, aunque el tiempo o las rutinas entumecen los instintos. Aún me doy cuenta de algunas cosas... aunque ya me fui acomodando, y cada lugar tiene su lucha, y me cuesta luchar por los mundos de otros... Me puedo ver sumida en la incoherencia multiforme de todo, relajada para no quedarme pendurada de la demencia de nada ser como debiera. Siempre dentro de mi mundo, claro.
Poquitas cosas esta noche... sólo una luna grande y redonda que ilumina rotundamente, dejando en una sombra opaca lo que oculta. Y más cosas, unas poquitas como decía. Un recuerdo de mi madre que se posa en mi pensamiento como olor de flor, efímero e intenso. El deseo de escribir. Ese cabello largo, más largo que nunca, que cae sobre los hombros. El gato "Valiente" que se asusta como un conejo con los ruidos de pisadas. "No saldremos esta noche" La tranquilidad de una casa que ya hace días que es un hogar. Una sonrisa siempre como respuesta.
Y la vida que cambia tus planes. Y aveces ya no es una lucha, si no una adaptación. Con todo, felicidad por estar sobre el camino. Sobre el camino mío, sobre el camino nuestro...
martes, 27 de noviembre de 2012
"El despertar" capítulo 4. Atemporalidad 1
"Si todos los hombres fuéramos vulnerables por un momento"
Tan sólo por un instante quedamos hasta el último de nosotros desprovistos de cadenas: sin miedo, sin inseguridad, sin egoísmo.
Ocurrió cuando acercaba mi mano al plato lleno de ginguba. De verdad creo que duró un instante, y recuerdo perfectamente que acercaba mi mano porque miraba los dedos hacer contraste sobre el rojo o el marrón del fruto tostado. Describir el color de la ginguba es algo complicadísimo: es como si hubiera perdido toda su rojura pero supieras que la tuvo en otro momento distinto al de hoy; creo que porque mantiene la intensidad. Algo así como un viejo. O como ver algo rojo brillante detrás de una tela casi opaca, que vendría a ser algo así como otro viejo. Ya entonces me quedé pensando en la complejidad del color de la ginguba (¡quién no hubiera hecho lo mismo!) y fue justo en ese instante en el que pasó lo de los hombres. Claro que yo no tuve tiempo de levantar la vista.
Todos se miraron con la inocencia cristalina y sonreían sin pudor. Los hombres de bigote daban abrazos y se hacían pis encima, descontrolado el gozo. Una mujer que ya no creía en la verdad tras las palabras escuchó los versos enfervorecidos de los hombres que no sabían amar. Aquellos que tenían miedo de bailar destrozaron sus zapatos. La pija de mi vecina daba volteretas dejando resbalar sus mocos por las baldosas del pasillo. Los señores estirados se morían de risa, y gritaban palabrotas sin sentido al aire, que a su vez se transformaban en besos que caían sobre las caras ajadas de las mujeres que trabajan detrás de las ventanillas. Te dije que te quiero. Que me encantaría compartir contigo una eternidad, o mil instantes... Tú hablabas, abrazándome como un loco en celo, y te habías olvidado de que tenías esa costra de frialdad que me hace a veces sentirte tan lejos. El pasado no nos pesaba sobre los besos y el futuro dejó de aullarnos despavorido de miedo tras las orejas. Sobre todo el futuro... eso sí que fue distinto, porque mañana nunca más fue importante.
Tan sólo por un instante quedamos hasta el último de nosotros desprovistos de cadenas: sin miedo, sin inseguridad, sin egoísmo.
Ocurrió cuando acercaba mi mano al plato lleno de ginguba. De verdad creo que duró un instante, y recuerdo perfectamente que acercaba mi mano porque miraba los dedos hacer contraste sobre el rojo o el marrón del fruto tostado. Describir el color de la ginguba es algo complicadísimo: es como si hubiera perdido toda su rojura pero supieras que la tuvo en otro momento distinto al de hoy; creo que porque mantiene la intensidad. Algo así como un viejo. O como ver algo rojo brillante detrás de una tela casi opaca, que vendría a ser algo así como otro viejo. Ya entonces me quedé pensando en la complejidad del color de la ginguba (¡quién no hubiera hecho lo mismo!) y fue justo en ese instante en el que pasó lo de los hombres. Claro que yo no tuve tiempo de levantar la vista.
Todos se miraron con la inocencia cristalina y sonreían sin pudor. Los hombres de bigote daban abrazos y se hacían pis encima, descontrolado el gozo. Una mujer que ya no creía en la verdad tras las palabras escuchó los versos enfervorecidos de los hombres que no sabían amar. Aquellos que tenían miedo de bailar destrozaron sus zapatos. La pija de mi vecina daba volteretas dejando resbalar sus mocos por las baldosas del pasillo. Los señores estirados se morían de risa, y gritaban palabrotas sin sentido al aire, que a su vez se transformaban en besos que caían sobre las caras ajadas de las mujeres que trabajan detrás de las ventanillas. Te dije que te quiero. Que me encantaría compartir contigo una eternidad, o mil instantes... Tú hablabas, abrazándome como un loco en celo, y te habías olvidado de que tenías esa costra de frialdad que me hace a veces sentirte tan lejos. El pasado no nos pesaba sobre los besos y el futuro dejó de aullarnos despavorido de miedo tras las orejas. Sobre todo el futuro... eso sí que fue distinto, porque mañana nunca más fue importante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)