El sueño de la razón no sólo produce monstruos

domingo, 3 de diciembre de 2017

Muerte de una viuda

MUERTE DE UNA VIUDA
Beben tranquilamente sus cinzanos: oliva y hielos. Rodaja de limón. María Teresa saca el abanico y lo menea con elegancia. El ritmo embriaga la escena de terraza en el bar-restaurante. La temperatura es deliciosa. Sonsoles y Carmina se inclinan sobre reposabrazos colindantes, mirándose con ojos de lechuza. La conversación debe de causarles mutua sorpresa. Mercedes rebusca en su bolso otro abanico que ha recordado tener (“¡Qué cabeza!”) por la envidia de la fina estampa que su amiga compone tras el ventalle. Y Ricarda, plena de satisfacción, observa a sus compañeras de parchís deslizarse por el tiempo de la tertulia semanal.
Entonces, de forma repentina, en un momento indistinguible de otros tantos transcurridos esa misma tarde, pide la carta de tapas. La acción asalta la escena con virulencia, quizás movida por el anhelo de plenitud del momento. Otras veces, han acompañado sus cinzanos con raciones de patatas asadas que aderezan con salsas blancas de ajos, quesos o pepinos. Pero hoy reclama “algo diferente para celebrar el encuentro semanal.”
Mercedes, envuelta por la inercia de su simplicidad, propone pedir la misma ración de patatas asadas de siempre. Ricarda insiste pacientemente y anima a sus compañeras de parchís a “celebrar esta maravillosa costumbre del encuentro semanal.” Sonsoles y Carmina han vuelto sus ojos lechucinos hacia ella, pero no expresan una brizna de entusiasmo. No hay seguimiento de la exaltación. Cada vez más excitada, comienza a buscar adjetivos y espetar reflexiones sobre el valor de la tertulia, por su calidad ética y estética. Tratando de conmover a sus insípidas amigas, recuerda los comienzos del “grupo del parchís” como duras jornadas en los que realizaban rudimentarias actividades, moviendo cubiletes ansiosas y contando veinte por sus victorias. Hoy ninguna excusa es necesaria. Todos los sábados, indefectiblemente desde el 23 de mayo de 1993, se han encontrado en esta misma terraza, en esta misma mesa y a esta misma hora.
¡¿Y qué nos ha hecho mantener firme esta ancla, pilar de nuestra existencia sobre el que pivotan los lunes, los martes y el resto de días desquiciados e imprevisibles?!
¡¡La rutina!!- contestan todas las viudas a coro, animadas ya por la revolución.
¡¿Y qué motiva la rutina?!
¡¡La pereza!!
¡¿Y qué encontramos en la raíz de la pereza?!
¡¡La gustera!!
Y, ¿no es la gustera de nuestra compañía, al fin y al cabo, la que desencadena el estar del ser?- miradas a diestra y siniestra. Asentimiento.
Cierto, cierto... Eso así es.
De esta forma Ricarda entrevé los cimientos de su victoria cuando justo el camarero (mejillas largas, ojos saltones.) aparece con el menú. La líder embravecida arranca el porfolio de sus manos y lo levanta cual Moisés en la cumbre del monte Sinaí.
¡¿No creéis merecida la celebración del pan y el vino, el homenaje por la comunión entre el cuerpo y la palabra?! ¡¿No sentís que es lo mínimo que hacer en agradecimiento por nuestra dicha?!
A esa altura del discurso, María Teresa y Mercedes enarbolan sendos abanicos cual estandartes abriendo batalla; Sonsoles levanta su cinzano victoriosa; y Carmina, subida a una silla, patalea y grita con júbilo.

Azuzan a la capitana para pedir huevos rotos, panes con jamón, chorizos a la sidra. Vino y cerveza. Todo lo que Ricarda pueda pronunciar. Se levanta reclamando la ovación. Va hacia la puerta del bar-restaurante y, antes de entrar, se vuelve y saluda. A entrar, se apoya en una banqueta y fallece.

Marsala es un color

Cuarenta minutos hasta la estación. Elsa camina por una ruta distinta a la habitual. Conoce perfectamente el recorrido más directo, pero hoy quiere refrescar su mirada, alejarse de lo conocido, pasar desapercibida. Se ha levantado esquiva, incómoda con su rutina. Las baldosas de la calle bailan bajo sus pies y ella juega a encontrar la pieza inmóvil. Los coches no respetan las vías peatonales y estropean los pavimentos, que se hunden, se deforman convirtiéndose en orografías blandas y tramposas. Los pocos alcorques que hay aglutinan colillas y latas de algún refresco marroquí que no conoce. Levanta la mirada. Caras desconocidas. También ocurre en su barrio. Mucha gente entra y sale. Algunos se quedan. Aun así ella siempre ha tratado de sentirse en casa. Cuando se cruza más de tres veces con la misma persona, la mira fijamente, trazando las primeras letras de una historia común. Se dice que existe un código universal, no escrito, para pasar de la indiferencia al saludo. “Si es la tercera vez que nos cruzamos, mantengo la mirada. Ambos sabemos que nuestras rutinas trazan líneas conectadas. Toca lanzarnos el guante de la complicidad. La siguiente vez que nos veamos, levantaremos las cejas, puede que incluso lleguemos a saludar. Eso depende de si el tiempo que resistimos con los ojos fijos nos da el impulso suficiente.” Pero hoy no busca conectarse con nadie. Hoy le reconforta alejarse de sí misma, verse sola, sin circunstancias. Sin bar Guariche, sin los bancos del paseo, sin Martín que pide a la puerta del estanco, sin el buzón lleno de cartas, sin Leti paseando sus dos galgos huesudos, enfermizos. Continua por lugares que le son extraños y empieza a relajarse, no conoce a nadie y nadie la conoce. Hoy no conecta con las otras miradas. Igual por eso, cuando se da cuenta de que es Lucas, están casi rozándose. Más de lo que le hubiera gustado. La sorpresa le hace bajar la guardia y, por un instante, confunde su papel, sonríe. Cualquiera podría decir que se alegra de verle. Pero el rencor se hace presente de forma inmediata y arrastra las comisuras de sus labios. El rostro se queda frío.
Cuánto tiempo – A Lucas se le clava el vaivén en la expresión de Elsa y de pronto le pesa cada uno de los días desde la última vez que la vio. Se arrepiente de haber dejado que llegara este momento, de haberla parado, de estar allí de pie, frente a su culpa sin excusas.
¿Qué haces por aquí?
Voy a la estación.
¿Vas a ver a mamá?
Nunca he dejado dejado de ir –se genera un silencio lleno de reproches–. Tengo que marcharme. No puedo perder el tren. Adiós.
Lucas trata de acercar su mano al hombro de Elsa, pero ella esquiva la despedida y comienza a caminar tras apenas un roce. Dejarle así plantado no le sabe a victoria, pero no soporta el reencuentro. Y menos un día como hoy. Él no se mueve, mira cómo se aleja y se hace cada vez más pequeña. Ahora es del tamaño de un paraguas, de una barra de pan, de una botella. Le gustaría que se quedara así, pequeñita, como cuando jugaban a saltar en los charcos de los alcorques, cuando el agua era limpia.

Se lleva las manos a la cara y se frota fuerte los ojos, la frente, intentando arrancar los recuerdos. Pero el maldito color de aquella tarde ha teñido sus párpados, y lo ve una y otra vez cuando cierra los ojos. 

miércoles, 11 de octubre de 2017

Un abrigo en tu ventana

La ropa apestaba a tabaco. Al llegar a casa colgué el abrigo en el balcón, de una percha. La enganché en un ojito herrumbroso que sobrevivía entre los ladrillos. Por él habrían pasado macetas, cuerdas de tender y trapos. Ese día acogería a una percha, que daba forma a mi gabardina de entretiempo. El viento estaba revoltoso, así que abandoné mi abrigo a la intemperie, cerré las contraventanas y entré en casa.
Lucas, Celia y Sara bebían cerveza. Estaban sentados entre las banquetas de la cocina y el sofá del salón. Para no romper el equilibrio, me apoyé en la mesa de madera, la grande, con otra cerveza de lata que suspiró babosa al abrirse. Antes de lograr zambullirme en la conversación, escuché el cierzo agitar las ventanas. Con un silbido intenso, se coló por debajo de alguna puerta y me trepó por los tobillos. La casa era vieja, y para el viento todo eran pasadizos y toboganes por los que deslizarse. Escalé desde un rincón del pasillo hasta un buen momento de la conversación. Sara explicaba, muerta de risa, que habían encontrado un calcetín de Paco en la nevera. Paco suele estar tan dormido por las mañanas que podría lavarse el pelo con pasta de dientes sin enterarse. A Sara le hacía tanta gracia contarlo que le vibraban las aletas de la nariz como si fuera una fragata, y se estiraba mucho hacia atrás para poder soltar su carcajada. Todos nos reíamos con ella.
Se oyó un golpe contra la ventana. Todos nos giramos hacia el balcón. El abrigo. Ya no está. Me acerco hasta el cristal y sentencio: “ La gabardina se ha ido”. Nos entra una risa boba. Salimos los cuatro al balcón y movemos las cabezas hacia todos lados. Ni rastro de ella, ni de la percha, ni del ojito de metal. El viento está enloquecido, y no viene ni va a ninguna parte. Ha arrancado el tornillo de la pared, dejando un agujero doloroso en el ladrillo. Imaginamos a la gabardina escondida bajo el alféizar, agarrándose a duras penas con sus mangas de doble costura y rezando para que no la encontremos. Nos reímos. Seguro que ya está volando sobre los edificios, camino del delta del Ebro. Tendrá ganas de tumbarse sobre el cauce y dejarse llevar entre las hojas. Ya no olerá a tabaco. Habrá ido recogiendo los humos de las chimeneas, las cocinas y las estufas: asado, tortilla, petróleo, carbón. Se le habrá enganchado la pestilencia de alguna alcantarilla, las cacas de perro del parque, el olor a pino. Al cruzar la carretera hacia el río, habrá absorbido la humada de los coches y se habrá engalanado con el aroma a churro que inunda la feria. Habrá llegado, por fin, a las riberas del sur, donde los chavales se atiborran a calimochos y cubatas malos, y les habrá robado un poquito de su olor a orines, hormonas y prisas por vivir.

El timbre nos arranca de nuestras ensoñaciones. Alguien insiste con ritmo. Me acerco a la puerta. Abro. Te presentas y me cuentas el principio del que será un gran relato: la fantástica historia de una gabardina que se coló por tu ventana.

martes, 8 de agosto de 2017

Obsesiones

Me había acostumbrado a que coincidiéramos en el bar por la mañana, al tomar mi café solo. A descubrirle en los asientos del fondo del autobús. A reconocer su silueta en las calles concurridas del centro de la ciudad. Al principio pensé que se trataba de encuentros fortuitos. Llegué a sonrojarme de emoción al pensar que existía alguien con quien cruzaba mi rutina. Pero la frecuencia aumentó rápidamente y pronto mi curiosidad dio paso a la certeza de vivir perseguida. Me miraba, escorado, desde los rincones; o altivo, al pasar a mi lado, casi rozándome. Unas veces con esos ojos verdes, transparentes; otras envuelta la mirada en un iris marrón, casi negro.
Comenzó a vestirse cada día de una forma diferente, a caminar de un modo irreconocible, tratando de ocultar entre disfraces su identidad única de enfermo infatigable. Sentí miedo. Cuando empezó a colarse al otro lado de las ventanillas de billetes u ocultarse tras una mascarilla blanca en la consulta del dentista, temí por mi vida. Pero era un loco enamorado. Y el miedo daba saltos inconstantes hacia la ternura. Una ternura suave y comestible.
Él seguía buscándome en cada calle, escurridizo y tenaz. Intentaba diluirse entre cascos, batas, gafas de sol y bigotes. Yo entonces ya me sentía halagada y, tonta de mí, me dejé llevar por la coquetería. Durante unos meses, alimenté una esperanza a la nunca iba a ser capaz de responder. Mis sonrisas se hicieron encontradizas y a punto estuvimos de intercambiar unas palabras en un martes 22 de abril.
Pero él no podía ni mirarme. Envuelto en otra de sus farsas, unos niños traviesos arrebataron su atención de mí tan rápido como se había posado. ¡Qué dolor verle sufrir de aquella forma! ¡Cómo podía estar tan enfermo! Desapareció tras las ingenuas criaturas sin girar su rostro, aun ardiendo en deseos de mirar atrás. ¡Ese hombre había perdido la razón!
Aquella tarde supe que el amor se había hecho podredumbre en sus entrañas y que ya sólo la muerte arrancaría ese dolor tan denso.
El calendario sentenció que fuera un viernes, 2 de mayo. Agarré mi cajita de costura, la que llevo para los viajes. La llené de rafia y coloqué unas tijeras protegidas por el recio hilo. Salí de casa decidida a acabar con aquel monstruo obsesionado. Entré en nuestro bar y allí estaba, removiendo su estúpido café con leche. Pedí “mi solo de siempre” y, cuando daba un primer sorbo, se levantó hacia el baño. Le seguí con mis herramientas. Se lavaba las manos frente al espejo cuando le libré de su agonía. No chilló.
Pagué el café y salí a la calle, satisfecha y aliviada. No duró mucho esta paz, pues enseguida noté su mirada pastosa deslizarse. Llegué a la parada del autobús temiendo lo peor: una herejía, una resurrección. Me giré y allí estaba. Sonriendo como un obseso sin escrúpulos. Subí a la cabina y caminé nerviosa, con mi rafia sucia en la mano, hasta la última fila de asientos. Él se sentó justo delante de mí, ofreciendo su cuello despejado a la sentencia que podía redimir su pena. Agarré fuerte la cuerda y con un rápido movimiento acabé con aquel pálpito de dolor y pasión.
Lo he vuelto a ver en el ascensor, en el pasillo del supermercado y en la recepción de la piscina. He acabado con su agonía no sé ni cuántas veces ya… pero una y otra vez reaparece, tan inmortal es su amor.
Y así, tras cuatro días tratando de salvar a un hombre, he llegado hasta esta iglesia, buscando ayuda, temiendo que pudiera encontrarlo aquí también. Pero al ver sus ojos limpios, padre, he sabido que usted sí que iba a entender mi entrega, mi sacrificio por devolver a ese pobre enamorado su libertad.
Pero no escucho sus palabras, padre. No oigo sus consejos.

Ahora recuerdo que ayer fue domingo y vine a misa, como cada semana. Despego la rafia reseca del cuello almidonado y camino hacia la puerta.

sábado, 29 de abril de 2017

Cristina

Cristina.
Quién no viviría en tus días azules.
Se escuchan bromas a la orilla de tus rizos.
Entras, brava. Izas palmas.
Cómo no escuchar las historias de tus tonterías,
las curvas locas de nuestras noches,
de tus nalgas, de las mías.


Cristina.
Quién no lloraría en tus tardes amoratadas.
Se hace el silencio entre tus canas.
Te ocultas lejos. Acurrucada.
Cómo no agonizar con tus horas de fugitiva,
los pozos hondos de tus reproches,
nuestros delirios. Tus mentiras.


Cristina.
Quién no rompería el pacto siendo tan niñas,
siendo tu piel tan suave, tu pensar tan luz,
tu boca tan... Cristina.

lunes, 24 de abril de 2017

Allí y la muerte

Esta mañana las mujeres lloran gritando. No se contienen al expresar su dolor. Algunas penas me desgarran. Otras, he de confesar, asoman en mí algo parecido a la vergüenza. Me debato entre la tristeza profunda y la incredulidad de asistir a una sobreactuada pieza de teatro. Pienso si será que me resulta obsceno el dolor que sale a borbotones. Esa sinceridad pueril contrasta con la discreción que he aprendido desde siempre ante la muerte. Un hombre comienza a hablar y las plañideras retroceden hasta quedar en un murmullo. Dice así:
“- Biografía : nació el 13 de septiembre de 1972, en el municipio de Lobito. Estudió primer ciclo con valores académicos medios en la Escuela de Ensino de Benguela. No continuó el segundo ciclo. Tuvo dos hijos. Trabajó en las siguientes empresas: Cementos Lobito, Construcciones Rua do Sacramento y Materiales Joao S.L., siendo concluidos sus contratos en todas ellas debido a su afición a la bebida. El día 15 de septiembre de 2012 fue ingresado por esa misma causa en el Hospital de Benguela. Le realizaron análisis y parecía que todo se encontraba en orden cuando, estando ya en su casa, sufrió una fuerte recaída. Murió a los dos días de ser hospitalizado ….”
Quedó destripada su vida.
También en casa del líder de la comunidad fui convidada a las celebraciones de un funeral. Era un quinto día. A esa altura, la familia del ausente se dispone a ocuparse de los vivos, los que quedan, habiendo enterrado bien a los muertos. Así que, durante tres jornadas, se prepara un gran festejo para todos aquellos amigos y familiares que estuvieron acompañando en los días difíciles (a veces se suman vecinos y desconocidos). Se derrocha comida y bebida. Hay música y bailes. La gente ríe y canta. Muchas familias despellejan sus ahorros en esto. Todos duermen por el suelo, o en la casa, y la fiesta dura toda la noche, hasta el amanecer.
Aunque, sin duda, la historia que más me impresionó fue la de Mandinho, de cuando el conflicto, allá por el año noventa y tantos.
Llegó un día en la ciudad en la que vivía Mandinho, Cubal, en el que comenzó la guerra, aunque lo hizo despacio. Las mujeres de UNITA bailaron con las banderas de los rebeldes, y el partido en el gobierno, el MPLA, envió algunos hombres de la policía antimotín como medida preventiva. Él estaba en Cubal por aquel entonces porque su padre era viceadministrador del municipio. Colocado allí como cabeza de turco, en un área peligrosa, en un cargo que nadie quería… todo descubierto muchos años después.
Pasaron dos semanas y ningún movimiento. Así que un lunes se replegaron todas las fuerzas del orden enviadas por el Estado central, dejando Cubal desprotegida bajo la insípida vigilancia de los viejos policías municipales. El jueves a las cuatro de la mañana las tropas de UNITA entraban a la ciudad. Comenzaron a oírse tiros y otras sonidos de la guerra.
Las tropas de rebeldes quedaron a 50 metros de su casa, justo en el cruce. Con total impunidad ocuparon los puestos oficiales del MPLA: vistieron sus uniformes, se sentaron en sus coches… Al segundo día de la ocupación, se acercó hasta su casa un alto cargo de UNITA y le dio a Mandinho, que resistía atrincherado, una radio para comunicarse. Blanco angolano, nacido en Cubal, se había ganado la fama de provocador ya antes de que las tropas de UNITA invadieran su tierra. Así que esa madrugada del segundo día de ocupación, huyó hacia las colinas. Su padre contaba:
“Una noche saltan la cerca de la casa dos hombres con uniforme militar y con armas. Con poco sigilo se acercan a la puerta de entrada, intentan abrirla. Toda la familia mantenemos la respiración, acurrucados unos sobre otros en una habitación. Yo, como padre, cojo el arma y me quedo de pie, protegiendo a mis hijas y mi mujer. Escuchamos ruidos que delataban el recorrido de los dos desconocidos alrededor de la casa. Tras unos minutos eternos,éstos salen de la finca, sin descubrir que la puerta de atrás está abierta. Y volvimos a respirar.”
A partir de esa noche quedaron con miedo de dormir en casa. Salían de dos en dos, de tres en tres, como si tan sólo quisieran dar un paseo nocturno por la ciudad. Caminando llegaban a casa de doña Emilia. Los días más complicados utilizaban los túneles que se comunicaban, a través de las viviendas vecinas, con el río. A veces quedaban con las piernas llenas de barro varias horas cobijados en su lecho húmedo, y caminaban hacia atrás para que las pisadas en la orilla no delataran su escondrijo.
Durante muchos días el alimento se redujo a papaya cocida. Mandinho sintió hambre desde su exilio en las montañas. Desesperado por la inanición, mandó buscar a su cuñado, militante de UNITA pero por encima de todo, pensó, su familia. Sus compañeros de huida trataron de persuadirle para que desistiera en su idea:“No te fíes.” El cuñado apareció en su vehículo destartalado. Le hizo subir al coche y lo mató sin vacilar junto a la vía del tren.
Cuando el tren pasó por el lugar en el que yacía el cuerpo inerte de Mandinho, una moza amiga de la familia ve al blanco junto a las vías, y avisa en casa. Los niños van en bicicleta y corriendo hasta allí, reconocen al amigo de la familia y vuelven para dar la noticia, espantados, a casa.
UNITA pasa varias horas sin permitir que se mueva el cuerpo inerte. Se va a pudrir, humillante y rápidamente, con tanto calor… Es necesario que el Padre Abel interceda para conseguir que el cuerpo sea levantado. Finalmente es UNITA la que ofrece un cajón para el entierro. Con una condición: estará prohibido llorar en el funeral. Cuando entierran a Mandinho, su madre escupe entre dientes y murmura con rabia:“Si te ha llevado Dios, descansa en paz. Pero si fue una persona, no tengas paz hasta que te la lleves contigo”.
Tras salir la familia de Mandinho, el cuñado y asesino ocupó la casa en la que vivían. Dormía en su cama, comía en sus platos… Apareció asfixiado en su habitación, la antigua habitación de Mandinho, con sus propias manos alrededor del cuello.

miércoles, 12 de abril de 2017

La casa borrosa

Miramos las noticias los tres de pie. John y yo comentamos brevemente cada suceso mientras nos balanceamos de atrás a delante. “Inundaciones en Colorado. Un tiroteo en un templo Sij en Wisconsin.” Todavía no me han ofrecido una bebida cuando llegan las noticias locales: “El coro de Sheffield rendirá homenaje a descendientes de los colonizadores en el gimnasio de la ciudad. Los interesados pueden pasar a recoger las acreditaciones por la iglesia. Fuera de horas de culto.” John se irrita con el televisor. Odia que esa “puta vieja”, como el llama a la religión, tenga que estar metida en todos los ajos. El calor se hace insoportable y John se levanta a por unas cervezas a la cocina. Desde allí me pregunta. Acepto. Estoy sediento. Sigue despotricando. - Esos cabrones tienen un cheque en blanco firmado por dios. - La chapa de la cerveza rueda hasta un rincón mullido de polvo. Empiezan los anuncios. Y de pronto se corta la señal. Todos echamos la cabeza hacia atrás, incrédulos, conteniendo un pánico vomitivo que sobrevuela la escena unos segundos. Yo reacciono el primero, y me acerco a la televisión para darle un golpecito. Dos, tres. Miro si está bien conectada. John y Alice abandonan su estúpida parálisis y siento como si se me acercaran dos moscardones de un metro y medio, torpes y molestos. Movemos cables, encendemos y apagamos la corriente eléctrica, golpeamos el mando... Nada funciona. John suda tanto que pienso que las gotas van a cortocircuitar algún cable pelado. Hace un día bochornoso, con un cielo densamente cubierto y nos preguntamos si las nubes pueden estar entorpeciendo la señal. Los tres estamos mirando al cielo por encima de la casa, aunque casi no la distinguimos porque ambos están igual de grises y emborronados, cuando Alice lanza por primera vez una idea clara: -Sube al tejado a mover la antena- No puedo decir que no. No se hacen así las cosas. No aquí. Claro, por supuesto. Me dispongo a subir. No quiero hacerlo, porque sé que este tejado no tiene consistencia. Puedo ver los maderos al aire carcomidos por las cabezas. Pero mientras pienso esto ya estoy subido en la escalera de mano que John ha apoyado sobre el muro lateral de la casa borrosa. Y sin saber muy bien cómo, de forma mecánica, ya estoy pisando las tejas enmohecidas del faldón derecho. Desde la parte más alta del tejado puedo ver Sheffield completo. Y horizonte por los cuatro costados. Ahora es perla, el cielo. La carretera principal rasga el paisaje y vomita casas a sus lados. Los colores son sutiles, delicados beige y crudos. Una fila de niños espera a cruzar y, mientras, se deforma, se encoge y se estira. Es un único ser luchando contra sus entrañas. Un círculo rojo quiebra el arrollo de furgonetas abriendo un claro por el que el monstruo informe se desliza hasta desaparecer de mi vista. Los tejados de otras casas parecen escamas enrojecidas que se maclan escondiendo bajo sus caparazones a bestias dormidas. De pronto la ciudad respira a un ritmo pausado. Me siento a horcajadas sobre su lomo y acaricio la piel quebradiza y áspera. Nos movemos lentamente hacia la oscuridad. Cabalgamos lejos pero siempre sobre Shefield.

domingo, 12 de febrero de 2017

El tiempo de las orejas

Pero no había nadie mirando. Hubieras embravecido las gradas de las más excelsas competiciones. Hubieras provocado aplausos sangrantes de manos dislocadas. Suicidios resignados de cientos de rivales se anunciarían en las radios, acompañados por la condescendencia de la sociedad del deporte y las voces entendidas. Pero cuando diste aquel salto incorpóreo, sensual y rítmico, posándote sobre el canto de una oreja peluda, estabas completamente solo. Todos los ojos de todas las criaturas coincidieron en ese momento sobre otros saltos y otras orejas, así que no hubo reconocimiento. No es que hubieras ensayado para ese momento. El cómo llegar hasta ella era un tránsito que se te hacía algo parecido a doloroso. Tan sólo añorabas, desde el mismo día de tu concepción, el llegar hasta una oreja. Cualquier oreja. Y cada día pasaban tres o diez de manera desordenada e imprevisible. Te sorprendían unas cerca, otras casi confundidas entre las curvas del horizonte. Algunas caían del cielo como mazos de plomo, otras se acercaban haciendo unos ruidos que te hacían vomitar. Las había pequeñas como moscas y grandes como petroleros. La mayor parte estaban ocupadas, pero sobre todo resultaban imposibles de alcanzar. Así que cuando aquel instante congregó a esa oreja y a ti entrelazadas a través de una trayectoria posible, saltaste sin reflexionar. Por eso no pudiste prever el gran legado que tallaste en la historia del deporte. Y tampoco importó nada más que estar allí ahora, inconsciente por la hazaña de tu medio, pero delirante por el abrazo de tu fin.

Qué hacer. Habías dedicado tanto tiempo a perfilar la forma de llegar, que ahora, todavía temblando y con las piernas humeantes por el impulso, te das cuenta ya de que hasta aquí llega tu plan. Ni un minuto más pensado. Conoces lo emocionante de la vida en una oreja: por ella pasan las oraciones de los pecadores y los chismes inventados por las envidias; los susurros de sexo lascivo y las suaves confesiones de los que se aman. Los coros infantiles, el gruñido de una morsa y la explosión de la mina olvidada en un arrozal. Pero como no tienes nada pensado, toca improvisar. Así que, aprovechando la cavidad cerúlea, colocas los brazos en jarras, te yergues y te dejas enmarcar por los pliegues cartilaginosos. Comienza a tomar sentido el ser oreja como concha marina protectora de un Neptuno padre y bestia.Y así es como te sientes. Sientes que te abraza el aura de la deidad de forma natural e inevitable. Qué bello ahora. Respiras. Se hincha el pecho. Suspiras.

Se escaparán tres lustros al menos mientras te mantienes hercúleo, posando en este frente anacarado. Te mantendrá firme el llegar donde lo has hecho. Y así los años transcurrirán y tú conservarás la postura a lo largo de cada uno de ellos. Pero las cosas terminarán por cambiar. Llegará el mañana y ya nadie soñará con alcanzar orejas. Y entoces será triste ver cómo los abuelos cuelgan paraguas de tus brazos y las mujeres elegantes se apoyan en tu lomo para ajustarse los tacones. Será triste pero cierto darse cuenta de que ya nadie recordará el tiempo de las orejas.

domingo, 1 de enero de 2017

Doce cajas más

- ¡Van a traer 12 cajas más!- Se lo repito porque veo la intranquilidad en su rostro. Suspira, creo que aliviado. Comparto de nuevo la emoción de la revolución doméstica a la que asistimos. Suspira, creo que está aburrido. A veces, me descoloca. Parece que no me entendiera del todo. Mira a ninguna parte, toma aire y lo deja salir a borbotones. Yo le cuento, le explico. Le hago sentir importante y entre tanto exploro las  posibles razones de tanto aire entrando y saliendo. Pruebo toda clase de contorsiones para enganchar su ánimo al mío, para que vibre la vida un poquito en sus ojos cuando estamos juntos, en casa.
Trato de descifrar su gesto. Suspira y su "esta vez" me empieza a cabrear. Algo incómoda me aventuro a decir que no parece entenderme en absoluto. Silencio. Me agarro a mi áltma fibra de paciencia y repito una vez más la explicación. Suelta un graznido. Mira que es bravo. Al final siempre acabamos enriscados en la misma pantomima. Mi condescendencia le hace sentirse poderoso. Estiro mi paciencia, vomitando amabilidad sin respuesta, hasta que se parte súbitamente en trocitos. Ahora mismo estoy cerca de golpearle. Como no cambie la mueca torcida igual explota de tontuna. No entiende lo que le digo: - ¡Nos van a traer 12 cajas más!

sábado, 29 de octubre de 2016

Sintonizo

Quiero un transistor. De los de pilas, de los que viajan en las batas de las enfermeras. Llevo semanas con el zumbido del deseo aleteando entre mis quehaceres. De vez en cuando saco el tema, sin mucha conexión con la línea argumental de la conversación, como un aullido de auxilio, un whatsapp al amigo que está lejos, que te recuerda que no lo olvidas.
Entro en tiendas de segunda mano y primera venta. Miro olvidados escaparates con aparatos  electrónicos, obscenos frente a la sencillez de mi transistor. Cierro los ojos y me imagino las mañanas del baño a la cocina, de la cocina al baño, del cuarto al salón... y Pepa Bueno que se viene conmigo; pasea por mi casa y nunca deja de hablarme, alto y sin pelusas.

Por fin, la semana pasada lo encuentro: 9 euros, 2 pilas y 30 cm de antena. No más grande que dos naipes sobre una mesa.
Señalo el aparato en el escaparate. Pido probarlo. Usa un palo siniestro y atrapa con destreza la caja en la vitrina. Saca dos baterías de un cajón. Se cae una al suelo. Está tardando más de lo necesario: al  abrir la caja, sacar la bolsa, despegar el celo, despegar el celo, despegar el celo... ¡Ya está fuera! Ponle pilas, una primero... no, así no. Al revés. Se lo digo. Me río. La otra pila. Vamos ¡Ahí está! Giro la rueda hasta alcanzar  algún dial con claridad. Joder, qué emoción. Suena realmente bien. Subo el volumen hasta el límite para experimentar la potencia de  la fiera. ¡Qué rugido!
Pago. Es perfecto. Lo mete en una bolsa protectora, pega el celo con cuidado. Adjunta las instrucciones. Falla una, dos y hasta tres veces en embutir en embutir el material en la caja. Cerrada. no quiero bolsa. Doy saltitos, un ritual aprendido de mi  madre para celebrar las alegrías de la vida, y vuelo al hogar. Casi te estoy oyendo, Pepa,

miércoles, 23 de julio de 2014

ESA LUNA DESCARADA

Esa luna descarada me está mirando con su cara más pervertida.
Luce un rojo adolescente que me recuerda
que hay noches tras otras noches.
Hoy pecado; mañana...
Mañana pecado entre tus bocas.
Mañana me comes, mañana provocas.
Mañana amanece como en estos días.
Mañana te visto de largo
y te propongo mil risas en compañía.

¿Te recuerdas buscándome? Y yo escondida.
Y tus pasos color telas de flores, cuero sucio, cervezas frías...
No existían momentos de sueño.
Todo eran piernas locas,  bocas perdidas.
¡Cuántas lenguas turbias! No se veían
dos locos más cuerdos por la Gran Vía.

¿Quién te ha dicho que quiero ordenar esta madeja de sandías
que se enreda bajo mi frente?
Me gusta cuando sonríes porque me ría.
Me gusta el contoneo desordenado de tus pecas.
Me provocan tus tonterías
revueltas con tus ronquidos, saltando entre cama y taza 
en mañanas frías.
Desmontando las palabras, que ya vacías,
se amontonan sin más razón
que traspasar las horas hasta otra sesión
de sábanas retorcidas.
¡De nuevo locas las horas!
12, 1, 4, ... días
que se han perdido entre las cuentas de nuestras sumas
por bulerías.



martes, 23 de julio de 2013

"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 13

Las historias de personas son distintas. Distintas a mí, a lo que conocía... distintas a lo que había imaginado.

Bruno Mirrado es un niño grande. Eso ya lo había oído alguna vez, pero quizás en él se hace carne de una forma que tiene algo de extraordinario. 
El día que Bruno dejó la escuela, tenía 22 años alcanzados tras repetir sucesivas veces. Saltó desde el aula del segundo piso. Imagino que perdió los nervios y quiso acabar con la situación de la forma más rápida posible. "Puerta, pasillo, escaleras, puerta, pasillo, puerta... " y optó saltar por la ventana. Sus compañeros de clase corrieron a pegar sus narices contra el sucio cristal esperando ver el cuerpo magullado de Bruno sobre el cemento desconchado del patio, pero le descubrieron alejándose a velocidad considerable sobre sus piernas intactas.
Bruno Mirrado tenía una pistola con la que disparaba a perros y a gatos sin ningún motivo aparente. La gente tenía miedo de que una persona llevara un arma, pero sentían pavor de que fuera una persona como Bruno. Y los agentes de policía, priorizando su parte emocional sobre la profesional, también estaban aterrorizados. Quizás alguien denunciara, pero no existía coraje suficiente dentro del cuerpo para reducir a un hombre capaz de dar la vuelta a un Discover 4x4 a la salida de una bar. Así que fue su hermano, hombre con grandes empresas, cantidad de dinero y por supuesto influencias, quien pidió a los cuerpos de seguridad que le dieran un escarmiento. A la salida de una discoteca crearon un círculo de personas uniformadas y armadas para lograr reducirlo y llevarlo a la comisaría. Pese a las inmensas dificultades, consiguieron esposarlo y amarrarlo a un árbol, del que logró soltarse rompiendo el metal una primera vez.Ya vuelto a reducir, le bajaron los pantalones y ordenaron a un agente que le diera cincuenta latigazos. Éste se negó por miedo, al igual que el siguiente y el siguiente, y así ocurrió con todos los agentes que estaban presentes. Tuvo que agarrar la herramienta el agente Cabeza Caliente, quien jurando por la cobardía de sus colegas y crecido por el coraje de tomar la iniciativa, atizó cincuenta veces sobre el trasero de Bruno Mirrado. Cuando terminó el escarmiento, Bruno salió calmado y por sus propios pies. Desde entonces respeta al agente Cabeza Caliente y nunca le niega el saludo.
Bruno no trabajó nunca. La primera vez que lo conocí me llamaron la atención su voz extenuantemente ronca y su inmenso pendiente de aro, dentro del cual no era difícil imaginar un lorito de colores.



Lindinha bebe sin remedio ni control, y con mucha frecuencia.
Intentó suicidarse de varias formas, pero ni tan siquiera tuvo éxito en esto. Tomaba unas pastillas para dormir, que con el alcohol se transformaban en bombas de demencia e inconsciencia. Le hacían pasear desnuda a través de las noches, durante las calles.
Se juntó con un hombre del que parecía estar enamorada, y durante unos días la estabilidad pareció tocar a su puerta. Una noche de alcohol empedernido fue suficiente para llegar al día siguiente con un ojo hinchado y la cara amoratada. Continuó la misma serenata el día después... y todos los que siguieron. Durante más de un mes se repitieron escenas tristes de borracheras y palizas, y al final todo volvió a ser igual que al principio. Cada uno por su lado, borrachos y quién sabe qué más, protagonizando de vez en cuando una escena triste. "Loirinha:" me dice "nadie me da trabajo porque esta ciudad es muy pequeña y todos me conocen".

sábado, 13 de julio de 2013

"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 12

· Notas de viaje·

Las mujeres de Unita bailaron con las banderas de los rebeldes, y el partido en el gobierno, el MPLA, envió algunos hombres de la policía antimotín como medida preventiva.Él estaba en Cubal por aquel entonces. Su padre era viceadministrador del municipio, colocado allí como cabeza de turco, en un área peligrosa, en un cargo que nadie quería... todo descubierto muchos años después.
 Pasaron dos semanas y ningún movimiento. Así que salieron todos, dejando Cubal desprotegida bajo la insípida vigilancia de los viejos policías municipales. El jueves a las cuatro de la mañana las tropas de Unita entraban a la ciudad. Comenzaron a oirse tiros y otros sonidos inconfundibles de la guerra. Las tropas de rebeldes quedaron a 50 metros de su casa, justo en el cruzamiento. Con total impunidad ocuparon  los puestos oficiales del MPLA; vistieron sus fardamentos, se sentaron en sus carros... Al segundo día de la ocupación se acercó hasta su casa un alto cargo de UNITA y les dio una radio para comunicarse.

Una noche saltan la cerca de la casa dos hombres con uniforme militar y con armas. Con poco sigilo se acercan a la puerta de entrada, intentan abrirla. Toda la familia mantenemos la respiración, acurrucados unos sobre otros en una habitación. Yo, como cabeza de familia en ausencia de mi padre, cojo el arma y me quedo de pie, protegiendo a mis hermanas. Escuchamos ruidos que delataban la trayectoria de los dos desconocidos alrededor de la construcción. Tras unos minutos eternos,éstos salen del quintal, sin descubrir que la puerta de atrás está abierta. Y volvimos a respirar.

A partir de esa noche quedaron con miedo de dormir en casa. Salían de dos en dos, de tres en tres, como si tan sólo quisieran dar un paseo nocturno por la ciudad. Caminando llegaban a casa de dona Emilia. Los días más complicados utilizaban los túneles que se comunicaban, a través de las viviendas vecinas, con el río. A veces quedaban con las piernas llenas de barro varias horas cobijados en su lecho húmedo, y caminaban hacia atrás para que las pisadas en la orilla no delataran su escondrijo.

Durante muchos días el alimento se redujo a papaya cocida. Mandinho, mecánico de la policía del Gobierno, sintió hambre desde su exilio en las montañas. Blanco angolano, nacido en Cubal, se había ganado la fama de provocador ya antes de que las tropas de UNITA invadieran su tierra natal. Así que una madrugada del segundo día de ocupación, huyó hacia las colinas.
Desesperado de hambre, manda buscar a su cuñado, militante de UNITA pero por encima de todo, piensa, su familia. Sus compañeros de huída tratan de persuadirle para que desista en su idea: "No te fíes." El cuñado aparece en su vehículo destartalado. Le hace subir al carro y lo mata sin vacilar junto a la vía del tren. Cuando el tren pasa por el lugar en el que yace el cuerpo inerte de Mandinho, una moza amiga de la familia ve al blanco junto a las vías, y avisa en casa. Los niños van en bicicleta y corriendo hasta allí, reconocen al amigo de la familia y vuelven para dar la noticia, espantados, a casa.
UNITA pasa varias horas sin permitir que se mueva el cuerpo inerte. Se va a pudrir, humillante y rápidamente, con tanto calor... Es necesario que el Padre Abel interceda para conseguir que el cuerpo sea levantado. Finalmente es UNITA la que ofrece un cajón para el entierro. Con una condición: estará prohibido llorar en el funeral. Cuando entierran a Mandinho, su madre escupe entre dientes: "Si te ha llevado Dios, descansa en paz. Pero si fue una persona, no tengas paz hasta que te la lleves contigo".
Tras salir la familia de Mandinho, el cuñado ocupó la casa en la que vivían. Dormía en su cama, comía en sus platos... Apareció asfixiado en su habitación, la antigua habitación de Mandinho, con sus propias manos alrededor del cuello.

sábado, 25 de mayo de 2013

"El despertar" capítulo 4. Atemporalidad 3

·Futuro·

La búsqueda de qué. Me ahogo en la búsqueda. Me relajo cuando olvido un mañana a tu lado. ¿Acaso no es el hoy el único que existe? Por supuesto que un mañana es tan esto y lo otro. Y qué importante, señora. No sé lleve un tomate podrido, quizás demasiado maduro. Pógame un plato bien lleno, rebosante de compromisos: mañanas con patatas fritas, estofados o pasados por el grill. ¡Aquí vendemos futuro, oiga! ¡Futuros llenos de amor con chorreras! ¡Futuuurooos!
Pero no pretenda vivir el presente. Ah, no, señora. Disculpe. O me vive sólo pensando en el mañana, o no estamos haciendo nada. Vamos, que es tirar el dinero.
¡Y con cada futuro un kit de cuerdas! Fundamental, señora. Eso ya lo sabe usted pero quien vive en el mañana tiene mucho miedo de perder cualquier cosa. Porque claro, todo es para mañana.
La palabra disfrutar desaparece del diccionario. Y no sólo. Se adaptará rápido si usa esta nueva edición (que incluímos con el kit de cuerdas). Están eliminadas las palabras innecesarias y repetidas varias veces  aquéllas que usted más utilizará. Por ejemplo: ahorro y sacrificio están en la "a". Porque son muy importantes, señora. Y el quédirán pasa a ser un sustantivo así, todo junto. Miedo, desconfianza... todas repetidas dos veces. Será la última vez que oiga palabras como instinto, corazonada o aprovechar... Verá como se adapta rápido, señora. ¿No pasó ya con el euro?

domingo, 28 de abril de 2013

"El despertar" capítulo 4. Atemporalidad 2

· Que no te falte tiempo para contemplar las cosas bellas.·

Esa luna está empapando el agua de destellos plateados. Estoy recorriendo con delicadeza cada uno de ellos. Me dejo arrastrar por su luz desde el ruido indiscreto de este malecón, contaminado de cervezas y besos perdidos en las madrugadas. Llego a la soledad asfixiante, mortecina y pálida, un poco más allá del infinito. Me quedo rodeada de mar bajo ese candil verde que parpadea sobre mi cabeza. Miro el malecón iluminado desde mi abismo, desde un agujero en un pozo profundo, profundo. Pero al final siempre sé que estoy en este malecón demente de ojos ansiosos por desvirgar la noche en cualquier esquina. Allí, desde aquella paz infinita, un grupo de hombres salados viajan con sus ojos por el perfil de hombres y mujeres que miran culos de botellas y restriegan sus cuerpos sudorosos contra otras sombras.

En casa de Ana

 Aún me doy cuenta de algunas cosas, aunque el tiempo o las rutinas entumecen los instintos. Aún me doy cuenta de algunas cosas... aunque ya me fui acomodando, y cada lugar tiene su lucha, y me cuesta luchar por los mundos de otros... Me puedo ver sumida en la incoherencia multiforme de todo, relajada para no quedarme pendurada de la demencia de nada ser como debiera. Siempre dentro de mi mundo, claro.

Poquitas cosas esta noche... sólo una luna grande y redonda que ilumina rotundamente, dejando en una sombra opaca lo que oculta. Y más cosas, unas poquitas como decía. Un recuerdo de mi madre que se posa en mi pensamiento como olor de flor, efímero e intenso. El deseo de escribir. Ese cabello largo, más largo que nunca, que cae sobre los hombros. El gato "Valiente" que se asusta como un conejo con los ruidos de pisadas. "No saldremos esta noche" La tranquilidad de una casa que ya hace días que es un hogar. Una sonrisa siempre como respuesta.
Y la vida que cambia tus planes. Y aveces ya no es una lucha, si no una adaptación. Con todo, felicidad por estar sobre el camino. Sobre el camino mío, sobre el camino nuestro...   

martes, 12 de febrero de 2013

"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 11

· Medicina tradicional·

En el Centro Católico hay una herboristería. Hace ya un tiempo que va y viene la idea de encontrar el momento para acercarme y, por qué no, hacer una consulta. 
Hoy me levanté temprano. Llevo un par de noches con una respiración complicada, que se ha puesto de acuerdo con el calor para ser sofocante y no dejarme dormir. Entro por una puerta metálica que hoy por fin encuentro abierta. Un hombre, una televisón, un ventilador en el techo... varias mesas de distintas proporciones, decoradas con esos paños tan brillantes y tan horteras. Al otro lado del mostrador mieles, siropes, frascos y cubos con hierbas. La Virgen María preside el lugar, que parece abandonado a su fe.

Herboristería Resurrección
Cubos con hierbas tras el mostrador




Una mujer añeja tose sentada en un banco. Hija y nieta la acompañan. Hija recibe instrucciones complejas de cucharadas de mieles, ajos picados, tiempos y veces. Espero pacientemente mi turno que demora no mucho más de 20 minutos. Hablo un poquito, pregunto. Aprendió sus artes en Nicaragua. Me voy a hacer un chequeo general. Pasamos tras una cortina que oculta a intervalos, mecidos por el viento, el hueco de una puerta. Hace algunas preguntas. Me pide dejar los objetos metálicos en una mesita; pero nunca llevé alarajas...

Su mano derecha agarra, aprieta y relaja la mano de un hombre que antes miraba la televisión. En la  izquierda sostiene una varilla metálica. La pasa por mi cabeza, mi espalda, mi estómago,... y en cada lugar aprieta bruscamente la mano del hombre que antes veía la televisión. Cuello, brazos, rodillas... Después abre un cuaderno de fotocopias ilegibles, como esas que te mostraban iglesias góticas o plantas de mezquitas en el cole. Son pequeñas imágenes cuadradas, en las que se intuye la fotografía al microscopio de una enfermedad, que quizás hace decenas de fotocopias mostraron. Con mi dedo en cada borrón y su varilla apoyada sobre una parte de mi cuerpo, repite el gesto decidido y aprieta su mano derecha. -"No tienes nada malo. Tus pulmones algo sucios. Por lo demás estás perfecta."

Virgen María tras el mostrador

Me receta un sirope y un zumo de aloe vera para limpiarme por dentro. Puedo tomar unos tés para dejar de fumar. Me da algunas indicaciones. Dejo algún dinero a deber. Me voy. Volveré.

sábado, 19 de enero de 2013

"El despertar" capítulo 3. El viaje: Senegal 1

· La misma África... pero tan distinta·

Aeropuerto de Barajas
Comienzo a ser consiente de este nuevo destino del viaje, aunque no demasiado.  Mis pensamientos se pasean insistentes por los últimos días y calles de Benguela. Recogen algunos recuerdos, se traban impertinentemente en momentos, palabras, personas... se transformas en reflexiones, deformadas ya por la distancia. Hay tanto todavía por vivir allí...
Esta vez Madrid no supo sorprenderme. Volvía a ser esa ciudad opaca de cemento, vomitada de luces. Y encima el frío. Conforme aprendo a saborear aquellas tierras del sur, este norte me resulta más insípido.

Pensión Thially. Dakar
Infinitamente diferente. Dakar, ciudad de predios bajos, carros de mil colores, gente amable, estructuras temporales... Retales sobre retales. Todo parece reciclado, o repintado, o reutilizado. En el centro algún edificio más alto, construcciones a medias, muchos coches y humo... pero todas las dimensiones bastante humanas, escalas próximas. Las personas me ayudan: alguien me acompañó a la place de la Independence; alguien pagó mi billete en el autobús; alguien me invitó a comer de un gran recipiente lleno de fideos y carne muy picante. Hubo quien me enseñó una isla meticulosamente a cambio de un saco de arroz para los niños del barrio. Recorro la ciudad durante varias horas de autobuses que, con posturas imposibles, atraviesan las estrechas calles emborrachadas de pitidos. Primer episodio de las horas que llegarán a ser interminables en medios de transporte, recorriendo el país.

Autocarros en calle de Dakar

En aquella isla hay hombres que trabajan la madera, las telas, los colores... la imaginación con imaginación. Alguien tras otro alguien me indica amablemente cómo llegar a la pensión, ya de noche. Ni un beso al aire.
Allí, once abuelos franceses conversan animadamente y entre gestos educados a la par que sencillos. Se me hace difícil distinguir a unos de otros y pienso que, si en este momento sacaran a alguno repetido, casi no podría darme cuenta. Los abuelos y abuelas franceses son muy diferentes de los abuelos y abuelas españoles porque aquéllos siempre tienen mucho pelo y es gris. Y más cosas.
Observo durante mucho rato, con un café tuba que pica un poco y me gusta durante unos días. Veo gente pasar en un flujo tranquilo y continuo... Me siento en esa incómoda banqueta en el momento que una mamá empieza a cocinar. Durante más de una hora, corta y selecciona verduras, prepara un molho, coce arroz, fríe algunos trozos de pescado, cambia y marea caldos de un recipiente a otro... el hambre aprieta. El tiempo parece flotar sin gravedad entre el calor y tras aquellas telas.

Viaje a Diattocounda
Mi brújula es un papel, escritos dos nombres: Diattocounda y Moussa. Más tarde me aclaran que Moussa es el nombre que aquí ponen al primer hijo... Aun así logro llegar.
El barco desde Dakar navega de noche, y de noche es cuando centenares de pájaros negros sobrevuelan la ciudad. Perfilan un escenario apocalíptico al morir del sol. No es fácil conciliar el sueño en las sillas tan erguidas cuando las luces fluorescentes te taladran los párpados. Y aquella tele tiene el volumen bien alto. En la cubierta conozco a un español que me da conversación y bebe cerveza. Compañía grata. Aunque pienso que quizás en este viaje me incomoda secretamente hablar en mi idioma. Me he acostumbrado a la primitiva comunicación por gestos y onomatopeyas.


Pájaros negros. Dakar

Nos arrastramos hasta el amanecer que dibuja ya las orillas exuberantes de un río. Pueblos, canoas y un delfín. Después otro episodio de mis largas horas de viaje. Ahora nos apilamos personas y bultos en el interior de un autocarro. Destino: Diattocounda. De pie y sentados, agarrados unos con otros formando un puzzle en dudoso equilibrio. El calor me sube por la pantorrillas hasta la punta de la nariz. Se sienta una niña con mocos en mis piernas. Le digo: "¡Hola niña con mocos!".

Niña con mocos

Allí mismo, en la carretera, al pie del autocarro que desaparece tras una nube de tierra, pregunto por Moussa. Gente amable, tranquila, hogar... esa sensación ya me la había explicado quien estuvo aquí... Hasta que no estoy tumbada junto a la lumbre, sobre un paño, bebiendo un té de menta y escuchando a millones de estrellas parpadear, no redondeo por completo el significado de esas palabras.
Caminamos por la calle principal, hasta el río. Saluda con tiempo, dedica algún minuto a preguntar por la familia y la salud. La orilla del río tiene agua salada que pruebo a sugerencia de Moussa. Cruzo en una canoa hasta el otro lado... adiós adiós. Nos veremos en España.

En casa de Moussa. Gracias

martes, 27 de noviembre de 2012

"El despertar" capítulo 4. Atemporalidad 1

"Si todos los hombres fuéramos vulnerables por un momento"

Tan sólo por un instante quedamos hasta el último de nosotros desprovistos de cadenas: sin miedo, sin inseguridad, sin egoísmo.

Ocurrió cuando acercaba mi mano al plato lleno de ginguba. De verdad creo que duró un instante, y recuerdo perfectamente que acercaba mi mano porque miraba los dedos hacer contraste sobre el rojo o el marrón del fruto tostado. Describir el color de la ginguba es algo complicadísimo: es como si hubiera perdido toda su rojura pero supieras que la tuvo en otro momento distinto al de hoy; creo que porque mantiene la intensidad. Algo así como un viejo. O como ver algo rojo brillante detrás de una tela casi opaca, que vendría a ser algo así como otro viejo. Ya entonces me quedé pensando en la complejidad del color de la ginguba (¡quién no hubiera hecho lo mismo!) y fue justo en ese instante en el que pasó lo de los hombres. Claro que yo no tuve tiempo de levantar la vista.

Todos se miraron con la inocencia cristalina y sonreían sin pudor. Los hombres de bigote daban abrazos y se hacían pis encima, descontrolado el gozo. Una mujer que ya no creía en la verdad tras las palabras escuchó los versos enfervorecidos de los hombres que no sabían amar. Aquellos que tenían miedo de bailar destrozaron sus zapatos. La pija de mi vecina daba volteretas dejando resbalar sus mocos por las baldosas del pasillo. Los señores estirados se morían de risa, y gritaban palabrotas sin sentido al aire, que a su vez se transformaban en besos que caían sobre las caras ajadas de las mujeres que trabajan detrás de las ventanillas. Te dije que te quiero. Que me encantaría compartir contigo una eternidad, o mil instantes... Tú hablabas, abrazándome como un loco en celo, y te habías olvidado de que tenías esa costra de frialdad que me hace a veces sentirte tan lejos. El pasado no nos pesaba sobre los besos y el futuro dejó de aullarnos despavorido de miedo tras las orejas. Sobre todo el futuro... eso sí que fue distinto, porque mañana nunca más fue importante. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

"El despertar" capítulo 2. Días tras días 4

·El color de tu mirada·

El mundo no es subjetivo. Para eso ya estamos nosotros, que interpretamos su ser como crueldad, belleza, injusticia...
Caminé unas horas por las calles de Madrid, y buscando expresar mi borrachera de sensaciones escribí algo así:
Clotidéricos misóntronos par tolos catos. ¡Me sustrigola la astamatría! ¡Dérdicos, políclotos! Cuamofétilo estasódico... Nimo, benta das olacórides, isóstroco de lis. Cuánpito dido miso e lusicómolo poreado. Mapo. Maso. Lirolériroriróoooo...
 Me recorría una boba emoción esdrújula. La información centelleaba. Se había despertado de nuevo mi curiosidad por escenarios que antes pálidos, que antes planos. Me lo explicaba así:

Burbulióricos de mortimo setalan as pezas. Measovedú, tealepá. Y amorriloco vitetro.
Y que si ayer y antes de ayer todo repetido; y que si cuando miras mucho ya no ves... Había una película que no cambiaba de escenario, y al terminar te preguntaban si en la habitación había ventana y no eras capaz de recordar. Aquí el cerebro hace un poco por optimizar y cuando las cosas no sufren grandes alteracione, las cosas desaparecen. Qué atrevimiento... mira que lo más trascente ocurre muy lento, casi parado. Entonces, si quieres entenderlo, te tienes que quedar casi parado tú también. Más o menos eternamente. Así esas cosas que están en movimientos bruscos son las que dejan de existir y comienzas a ver lo otro. Lo de una eternidad parece mucho, pero luego vas y no te das ni cuenta.

Atardecer en Damba María
Hay gente que no ve que atardece...

lunes, 8 de octubre de 2012

"El despertar" capítulo 3. El viaje: Benguela 10

·Funerales·

Pero aún con todo, nunca nos acostumbramos a la muerte.

Viví tan sólo días sueltos de un funeral, que se llega a extender de forma inconcebible para nuestros tiempos occidentales. Asistí al momento de enterrar un cuerpo en el hoyo cavado en la tierra, en un cementerio. Las mujeres lloraban y gritaban exageradamente... algunas penas te desgarraban por dentro. Otras, he de confesar que asomaban en mí algo parecido a la vergüenza. Mi emoción se balanceaba entre la tristeza profunda y la sensación de aistir a una sobre-actuada pieza de teatro. Finalmente pensaba que el dolor salía a borbotones y esa sinceridad pueril contrasta con la discreción de nuestra cultura ante la muerte. Recordaba las pesadas escenas de silencio, la contención de nuestros ritos occidentales.

Esta mañana las personas lloran de veras y no tienen problemas para expresar su dolor. Gritan las mujeres, se brazan. Se me escapa una lágrima y los pelos se erizan tras otro gemido. La pena empapa de gritos el silencio. Un hombre comienza a hablar y las plañideras retroceden hasta quedar en un murmullo. Dice así:
"- Biografía : nació el 13 de septiembre de 1972, en el municipio de Lobito. Estudió primer ciclo con valores académicos medios en la Escuela de Ensino... , de Benguela. No estudió el segundo ciclo. Tuvo dos hijos. Trabajó en las siguientes empresas: .....,....,...., siendo concluidos sus contratos en todas ellas por causa de su afición a la bebida. El día 15 de septiembre de 2012 fue ingresado por esa misma causa en el Hospital de Benguela. Le realizaron análisis y parecía que todo estaba en orden cuando, estando ya en su casa, le dió una fuerte recaída. Murió tras ser hospitalizado por unos días en el Hospital...."
Quedó destripada su vida. Sin secretos de pasado.

También en casa del soba fui convidada a lascelebraciones de un funeral. Ya conté que era un quinto día. Después descubrí que en esa altura se trata de mirar ya hacia los vivos, los que quedan, habiendo enterrado bien a los muertos. Así que durante tres días se disfruta un gran festejo con todos aquellos amigos, familiares que estuvieron a tu lado en los días difíciles. Se derrocha comida y bebida; hay música y bailes. La gente ríe y canta. Muchas familias despellejan sus ahorros en esto... Todos duermen por el suelo, o en la casa. La fiesta dura toda la noche. Hasta el domingo.



Y la foto del fallecido asiste solitaria a su verdadero enterramiento, sin poder hacer ya nada por ser protagonista.