El sueño de la razón no sólo produce monstruos

sábado, 29 de abril de 2017

Cristina

Cristina.
Quién no viviría en tus días azules.
Se escuchan bromas a la orilla de tus rizos.
Entras, brava. Izas palmas.
Como no escuchar las historias de tus tonterías,
las curvas locas de nuestras noches,
de tus nalgas, de las mías.

Cristina.
Quién no lloraría en tus tardes amoratadas.
Se hace el silencio entre tus canas.
Te ocultas lejos. Acurrucada.
Cómo no agonizar con tus horas de fugitiva,
los pozos hondos de tus reproches,
nuestros delirios. Tus mentiras.

Cristina.
Quién no rompería el pacto siendo tan niñas,
siendo tu piel tan suave, tu pensar tan luz,
tu boca tan... Cristina.

lunes, 24 de abril de 2017

Allí y la muerte

Esta mañana las mujeres lloran gritando. No se contienen al expresar su dolor. Algunas penas me desgarran. Otras, he de confesar, asoman en mí algo parecido a la vergüenza. Me debato entre la tristeza profunda y la incredulidad de asistir a una sobreactuada pieza de teatro. Pienso si será que me resulta obsceno el dolor que sale a borbotones. Esa sinceridad pueril contrasta con la discreción que he aprendido desde siempre ante la muerte. Un hombre comienza a hablar y las plañideras retroceden hasta quedar en un murmullo. Dice así:
“- Biografía : nació el 13 de septiembre de 1972, en el municipio de Lobito. Estudió primer ciclo con valores académicos medios en la Escuela de Ensino de Benguela. No continuó el segundo ciclo. Tuvo dos hijos. Trabajó en las siguientes empresas: Cementos Lobito, Construcciones Rua do Sacramento y Materiales Joao S.L., siendo concluidos sus contratos en todas ellas debido a su afición a la bebida. El día 15 de septiembre de 2012 fue ingresado por esa misma causa en el Hospital de Benguela. Le realizaron análisis y parecía que todo se encontraba en orden cuando, estando ya en su casa, sufrió una fuerte recaída. Murió a los dos días de ser hospitalizado ….”
Quedó destripada su vida.
También en casa del líder de la comunidad fui convidada a las celebraciones de un funeral. Era un quinto día. A esa altura, la familia del ausente se dispone a ocuparse de los vivos, los que quedan, habiendo enterrado bien a los muertos. Así que, durante tres jornadas, se prepara un gran festejo para todos aquellos amigos y familiares que estuvieron acompañando en los días difíciles (a veces se suman vecinos y desconocidos). Se derrocha comida y bebida. Hay música y bailes. La gente ríe y canta. Muchas familias despellejan sus ahorros en esto. Todos duermen por el suelo, o en la casa, y la fiesta dura toda la noche, hasta el amanecer.
Aunque, sin duda, la historia que más me impresionó fue la de Mandinho, de cuando el conflicto, allá por el año noventa y tantos.
Llegó un día en la ciudad en la que vivía Mandinho, Cubal, en el que comenzó la guerra, aunque lo hizo despacio. Las mujeres de UNITA bailaron con las banderas de los rebeldes, y el partido en el gobierno, el MPLA, envió algunos hombres de la policía antimotín como medida preventiva. Él estaba en Cubal por aquel entonces porque su padre era viceadministrador del municipio. Colocado allí como cabeza de turco, en un área peligrosa, en un cargo que nadie quería… todo descubierto muchos años después.
Pasaron dos semanas y ningún movimiento. Así que un lunes se replegaron todas las fuerzas del orden enviadas por el Estado central, dejando Cubal desprotegida bajo la insípida vigilancia de los viejos policías municipales. El jueves a las cuatro de la mañana las tropas de UNITA entraban a la ciudad. Comenzaron a oírse tiros y otras sonidos de la guerra.
Las tropas de rebeldes quedaron a 50 metros de su casa, justo en el cruce. Con total impunidad ocuparon los puestos oficiales del MPLA: vistieron sus uniformes, se sentaron en sus coches… Al segundo día de la ocupación, se acercó hasta su casa un alto cargo de UNITA y le dio a Mandinho, que resistía atrincherado, una radio para comunicarse. Blanco angolano, nacido en Cubal, se había ganado la fama de provocador ya antes de que las tropas de UNITA invadieran su tierra. Así que esa madrugada del segundo día de ocupación, huyó hacia las colinas. Su padre contaba:
“Una noche saltan la cerca de la casa dos hombres con uniforme militar y con armas. Con poco sigilo se acercan a la puerta de entrada, intentan abrirla. Toda la familia mantenemos la respiración, acurrucados unos sobre otros en una habitación. Yo, como padre, cojo el arma y me quedo de pie, protegiendo a mis hijas y mi mujer. Escuchamos ruidos que delataban el recorrido de los dos desconocidos alrededor de la casa. Tras unos minutos eternos,éstos salen de la finca, sin descubrir que la puerta de atrás está abierta. Y volvimos a respirar.”
A partir de esa noche quedaron con miedo de dormir en casa. Salían de dos en dos, de tres en tres, como si tan sólo quisieran dar un paseo nocturno por la ciudad. Caminando llegaban a casa de doña Emilia. Los días más complicados utilizaban los túneles que se comunicaban, a través de las viviendas vecinas, con el río. A veces quedaban con las piernas llenas de barro varias horas cobijados en su lecho húmedo, y caminaban hacia atrás para que las pisadas en la orilla no delataran su escondrijo.
Durante muchos días el alimento se redujo a papaya cocida. Mandinho sintió hambre desde su exilio en las montañas. Desesperado por la inanición, mandó buscar a su cuñado, militante de UNITA pero por encima de todo, pensó, su familia. Sus compañeros de huida trataron de persuadirle para que desistiera en su idea:“No te fíes.” El cuñado apareció en su vehículo destartalado. Le hizo subir al coche y lo mató sin vacilar junto a la vía del tren.
Cuando el tren pasó por el lugar en el que yacía el cuerpo inerte de Mandinho, una moza amiga de la familia ve al blanco junto a las vías, y avisa en casa. Los niños van en bicicleta y corriendo hasta allí, reconocen al amigo de la familia y vuelven para dar la noticia, espantados, a casa.
UNITA pasa varias horas sin permitir que se mueva el cuerpo inerte. Se va a pudrir, humillante y rápidamente, con tanto calor… Es necesario que el Padre Abel interceda para conseguir que el cuerpo sea levantado. Finalmente es UNITA la que ofrece un cajón para el entierro. Con una condición: estará prohibido llorar en el funeral. Cuando entierran a Mandinho, su madre escupe entre dientes y murmura con rabia:“Si te ha llevado Dios, descansa en paz. Pero si fue una persona, no tengas paz hasta que te la lleves contigo”.
Tras salir la familia de Mandinho, el cuñado y asesino ocupó la casa en la que vivían. Dormía en su cama, comía en sus platos… Apareció asfixiado en su habitación, la antigua habitación de Mandinho, con sus propias manos alrededor del cuello.

miércoles, 12 de abril de 2017

La casa borrosa


Es probable que Alice tenga algún retraso. Sostiene un discurso caótico y continuo en el que nos está vedado participar. No espera respuestas. Miramos las noticias los tres de pie. John y yo comentamos brevemente cada suceso mientras nos balanceamos de atrás a delante. “Inundaciones en Colorado. Un tiroteo en un templo Sij en Wisconsin.” Todavía no me han ofrecido una bebida cuando llegan las noticias locales: “El coro de Sheffield rendirá homenaje a descendientes de los colonizadores en el gimnasio de la ciudad. Los interesados pueden pasar a recoger las acreditaciones por la iglesia. Fuera de horas de culto.” John se irrita con el televisor. Odia que esa “puta vieja”, como el llama a la religión, tenga que estar metida en todos los ajos. El calor se hace insoportable y John se levanta a por unas cervezas a la cocina. Desde allí me pregunta. Acepto. Estoy sediento. Sigue despotricando. - Esos cabrones tienen un cheque en blanco firmado por dios. - La chapa de la cerveza rueda hasta un rincón mullido de polvo. Empiezan los anuncios. Y de pronto se corta la señal. Todos echamos la cabeza hacia atrás, incrédulos, conteniendo un pánico vomitivo que sobrevuela la escena unos segundos. Yo reacciono el primero, y me acerco a la televisión para darle un golpecito. Dos, tres. Miro si está bien conectada. John y Alice abandonan su estúpida parálisis y siento como si se me acercaran dos moscardones de un metro y medio, torpes y molestos. Movemos cables, encendemos y apagamos la corriente eléctrica, golpeamos el mando... Nada funciona. John suda tanto que pienso que las gotas van a cortocircuitar algún cable pelado. Hace un día bochornoso, con un cielo densamente cubierto y nos preguntamos si las nubes pueden estar entorpeciendo la señal. Los tres estamos mirando al cielo por encima de la casa, aunque casi no la distinguimos porque ambos están igual de grises y emborronados, cuando Alice lanza por primera vez una idea clara: -Sube al tejado a mover la antena- No puedo decir que no. No se hacen así las cosas. No aquí. Claro, por supuesto. Me dispongo a subir. No quiero hacerlo, porque sé que este tejado no tiene consistencia. Puedo ver los maderos al aire carcomidos por las cabezas. Pero mientras pienso esto ya estoy subido en la escalera de mano que John ha apoyado sobre el muro lateral de la casa borrosa. Y sin saber muy bien cómo, de forma mecánica, ya estoy pisando las tejas enmohecidas del faldón derecho. Desde la parte más alta del tejado puedo ver Sheffield completo. Y horizonte por los cuatro costados. Ahora es perla, el cielo. La carretera principal rasga el paisaje y vomita casas a sus lados. Los colores son sutiles, delicados beige y crudos. Una fila de niños espera a cruzar y, mientras, se deforma, se encoge y se estira. Es un único ser luchando contra sus entrañas. Un cículo rojo quiebra el arrollo de furgonetas abriendo un claro por el que el monstruo informe se desliza hasta desaparecer de mi vista. Los tejados de otras casas parecen escamas enrojecidas que se maclan escondiendo bajo sus caparazones a bestias dormidas. De pronto la ciudad respira a un ritmo pausado. Me siento a horcajadas sobre su lomo y acaricio la piel quebradiza y áspera. Nos movemos lentamente hacia la oscuridad. Cabalgamos lejos pero siempre sobre Shefield.

domingo, 12 de febrero de 2017

El tiempo de las orejas

Pero no había nadie mirando. Hubieras embravecido las gradas de las más excelsas competiciones. Hubieras provocado aplausos sangrantes de manos dislocadas. Suicidios resignados de cientos de rivales se anunciarían en las radios, acompañados por la condescendencia de la sociedad del deporte y las voces entendidas. Pero cuando diste aquel salto incorpóreo, sensual y rítmico, posándote sobre el canto de una oreja peluda, estabas completamente solo. Todos los ojos de todas las criaturas coincidieron en ese momento sobre otros saltos y otras orejas, así que no hubo reconocimiento. No es que hubieras ensayado para ese momento. El cómo llegar hasta ella era un tránsito que se te hacía algo parecido a doloroso. Tan sólo añorabas, desde el mismo día de tu concepción, el llegar hasta una oreja. Cualquier oreja. Y cada día pasaban tres o diez de manera desordenada e imprevisible. Te sorprendían unas cerca, otras casi confundidas entre las curvas del horizonte. Algunas caían del cielo como mazos de plomo, otras se acercaban haciendo unos ruidos que te hacían vomitar. Las había pequeñas como moscas y grandes como petroleros. La mayor parte estaban ocupadas, pero sobre todo resultaban imposibles de alcanzar. Así que cuando aquel instante congregó a esa oreja y a ti entrelazadas a través de una trayectoria posible, saltaste sin reflexionar. Por eso no pudiste prever el gran legado que tallaste en la historia del deporte. Y tampoco importó nada más que estar allí ahora, inconsciente por la hazaña de tu medio, pero delirante por el abrazo de tu fin.

Qué hacer. Habías dedicado tanto tiempo a perfilar la forma de llegar, que ahora, todavía temblando y con las piernas humeantes por el impulso, te das cuenta ya de que hasta aquí llega tu plan. Ni un minuto más pensado. Conoces lo emocionante de la vida en una oreja: por ella pasan las oraciones de los pecadores y los chismes inventados por las envidias; los susurros de sexo lascivo y las suaves confesiones de los que se aman. Los coros infantiles, el gruñido de una morsa y la explosión de la mina olvidada en un arrozal. Pero como no tienes nada pensado, toca improvisar. Así que, aprovechando la cavidad cerúlea, colocas los brazos en jarras, te yergues y te dejas enmarcar por los pliegues cartilaginosos. Comienza a tomar sentido el ser oreja como concha marina protectora de un Neptuno padre y bestia.Y así es como te sientes. Sientes que te abraza el aura de la deidad de forma natural e inevitable. Qué bello ahora. Respiras. Se hincha el pecho. Suspiras.

Se escaparán tres lustros al menos mientras te mantienes hercúleo, posando en este frente anacarado. Te mantendrá firme el llegar donde lo has hecho. Y así los años transcurrirán y tú conservarás la postura a lo largo de cada uno de ellos. Pero las cosas terminarán por cambiar. Llegará el mañana y ya nadie soñará con alcanzar orejas. Y entoces será triste ver cómo los abuelos cuelgan paraguas de tus brazos y las mujeres elegantes se apoyan en tu lomo para ajustarse los tacones. Será triste pero cierto darse cuenta de que ya nadie recordará el tiempo de las orejas.

domingo, 1 de enero de 2017

Doce cajas más

- ¡Van a traer 12 cajas más!- Se lo repito porque veo la intranquilidad en su rostro. Suspira, creo que aliviado. Comparto de nuevo la emoción de la revolución doméstica a la que asistimos. Suspira, creo que está aburrido. A veces, me descoloca. Parece que no me entendiera del todo. Mira a ninguna parte, toma aire y lo deja salir a borbotones. Yo le cuento, le explico. Le hago sentir importante y entre tanto exploro las  posibles razones de tanto aire entrando y saliendo. Pruebo toda clase de contorsiones para enganchar su ánimo al mío, para que vibre la vida un poquito en sus ojos cuando estamos juntos, en casa.
Trato de descifrar su gesto. Suspira y su "esta vez" me empieza a cabrear. Algo incómoda me aventuro a decir que no parece entenderme en absoluto. Silencio. Me agarro a mi áltma fibra de paciencia y repito una vez más la explicación. Suelta un graznido. Mira que es bravo. Al final siempre acabamos enriscados en la misma pantomima. Mi condescendencia le hace sentirse poderoso. Estiro mi paciencia, vomitando amabilidad sin respuesta, hasta que se parte súbitamente en trocitos. Ahora mismo estoy cerca de golpearle. Como no cambie la mueca torcida igual explota de tontuna. No entiende lo que le digo: - ¡Nos van a traer 12 cajas más!

sábado, 29 de octubre de 2016

Sintonizo

Quiero un transistor. De los de pilas, de los que viajan en las batas de las enfermeras. Llevo semanas con el zumbido del deseo aleteando entre mis quehaceres. De vez en cuando saco el tema, sin mucha conexión con la línea argumental de la conversación, como un aullido de auxilio, un whatsapp al amigo que está lejos, que te recuerda que no lo olvidas.
Entro en tiendas de segunda mano y primera venta. Miro olvidados escaparates con aparatos  electrónicos, obscenos frente a la sencillez de mi transistor. Cierro los ojos y me imagino las mañanas del baño a la cocina, de la cocina al baño, del cuarto al salón... y Pepa Bueno que se viene conmigo; pasea por mi casa y nunca deja de hablarme, alto y sin pelusas.

Por fin, la semana pasada lo encuentro: 9 euros, 2 pilas y 30 cm de antena. No más grande que dos naipes sobre una mesa.
Señalo el aparato en el escaparate. Pido probarlo. Usa un palo siniestro y atrapa con destreza la caja en la vitrina. Saca dos baterías de un cajón. Se cae una al suelo. Está tardando más de lo necesario: al  abrir la caja, sacar la bolsa, despegar el celo, despegar el celo, despegar el celo... ¡Ya está fuera! Ponle pilas, una primero... no, así no. Al revés. Se lo digo. Me río. La otra pila. Vamos ¡Ahí está! Giro la rueda hasta alcanzar  algún dial con claridad. Joder, qué emoción. Suena realmente bien. Subo el volumen hasta el límite para experimentar la potencia de  la fiera. ¡Qué rugido!
Pago. Es perfecto. Lo mete en una bolsa protectora, pega el celo con cuidado. Adjunta las instrucciones. Falla una, dos y hasta tres veces en embutir en embutir el material en la caja. Cerrada. no quiero bolsa. Doy saltitos, un ritual aprendido de mi  madre para celebrar las alegrías de la vida, y vuelo al hogar. Casi te estoy oyendo, Pepa,

miércoles, 23 de julio de 2014

ESA LUNA DESCARADA

Esa luna descarada me está mirando con su cara más pervertida.
Luce un rojo adolescente que me recuerda
que hay noches tras otras noches.
Hoy pecado; mañana...
Mañana pecado entre tus bocas.
Mañana me comes, mañana provocas.
Mañana amanece como en estos días.
Mañana te visto de largo
y te propongo mil risas en compañía.

¿Te recuerdas buscándome? Y yo escondida.
Y tus pasos color telas de flores, cuero sucio, cervezas frías...
No existían momentos de sueño.
Todo eran piernas locas,  bocas perdidas.
¡Cuántas lenguas turbias! No se veían
dos locos más cuerdos por la Gran Vía.

¿Quién te ha dicho que quiero ordenar esta madeja de sandías
que se enreda bajo mi frente?
Me gusta cuando sonríes porque me ría.
Me gusta el contoneo desordenado de tus pecas.
Me provocan tus tonterías
revueltas con tus ronquidos, saltando entre cama y taza 
en mañanas frías.
Desmontando las palabras, que ya vacías,
se amontonan sin más razón
que traspasar las horas hasta otra sesión
de sábanas retorcidas.
¡De nuevo locas las horas!
12, 1, 4, ... días
que se han perdido entre las cuentas de nuestras sumas
por bulerías.